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Nina Simone, la mujer que agitó el mundo sin traicionar su propia verdad

Se cumplen 19 años de la muerte de la artista

Noelia Murillo

Cuando un artista anuncia que está preparando un nuevo trabajo, crea de forma involuntaria una de serie de dudas que asaltan a los seguidores de su música. "¿Seguirá sonando como en el disco anterior o hará todo lo contrario?", es una de las preguntas que suelen surgir en estas circunstancias y que se ha repetido a lo largo de los años, con diferentes cantantes o músicos de géneros completamente opuestos.

Salvando las distancias y por establecer un paralelismo, podría decirse que dos artistas tan dispares como Bob Dylan y Rosalía pusieron en riesgo su talento ante miles y millones de personas cuando decidieron insertar sus carreras en caminos diferentes a los que habían probado con anterioridad. El músico estadounidense, por ejemplo, transformó su música y el mundo cuando el 25 de julio de 1965 enchufó su guitarra Fender Stratocaster en el Festival de música folk de Newport, momento en que pasó de su habitual acústica a la eléctrica.

Abucheos mediante, el artista demostró que quería dedicarse a la música a su manera, independientemente de lo que había hecho hasta entonces y muy lejos de aquello que conocemos como tendencia. A pesar de que no fue bien recibido en el principio, hoy nadie duda de que ese paso hacia adelante de lo que entendemos como mito.

Rosalía, por su parte, hizo lo mismo el pasado 18 de marzo, cuando compartió con todo el mundo aquello en lo que llevaba dos años trabajando. A pesar de que ha generado repetidas críticas de muchos que echaban de menos la esencia de 'El mal querer' y le han reprochado que se ha dejado llevar por la parte de negocio de la industria, la artista ha puesto en evidencia que ha decidido seguir su intuición, independientemente de a dónde le acabe llevando este impulso.

Porque, independientemente de la época y el género en la música, la pintura, el cine y el arte en general siempre serán recordados aquellos que asumen el riesgo de ser libres y poder vivir de lo que quieren expresar desde el interior. Ejemplo de ello es, también, una de las artistas más aplaudidas y estudiadas del pasado siglo, la extraordinaria Nina Simone.

En realidad, todos conocemos a Nina Simone, puesto que la cantante y pianista, que falleció tal día como hoy hace 19 años, siempre transmitió su personalidad a través de sus canciones. Ya fuera con melodías dulces como 'My Baby Just Cares For Me' o desde la más rigurosa solemnidad, como en 'Strange Fruit' (cuya versión más célebre es la de Billie Holiday), siempre supo que quería cambiar el mundo a través de la música y, en efecto, lo hizo.

Además, desde muy pequeña. Con tan solo tres o cuatro años, cuando aún no le llegaban los pies a los pedales del piano, comenzó a tocar canciones de oído, algo que su madre aprovechó para sus sermones en Tryon (Carolina del Norte), lugar de nacimiento de Eunice K. Waymon. Al haberse criado en una familia numerosa y con un padre enfermo, la joven que más tarde llegaría a hacerse famosa bajo el nombre de Nina Simone debía ser quien llevara el dinero a casa y precisamente esa fue una de sus grandes preocupaciones.

Si bien es cierto que tanto su intención como la de su progenitora era que se convirtiera en la primera pianista de música clásica negra, se dio cuenta que ampliando horizontes podía ganar más dinero y, dicho sea de paso, disfrutar realmente de su profesión. Por eso mismo, cuando unos años más tarde se trasladó a Atlantic City (Nueva Jersey) tras su paso por Filadelfia, tuvo que cambiar su nombre. Esto viene reflejado en su autobiografía 'Memorias de Nina Simone -víctima de mi hechizo-', publicadas en España por Libros del Kultrum.

Libros del Kultrum

Lo hizo porque, para su madre "tocar el piano en un bar sería el equivalente a tocar en las entrañas del infierno", de modo que escogió un apodo con el que le llamaba uno de sus primeros novios, Nina (proveniente de 'Niña') y Simone, por la actriz de cine francesa Simone Signoret. Fue ahí cuando cambió su vida para siempre en lo bueno y en lo peor.

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Porque Nina dedicaba las 24 horas del día a la música, como llevaba haciendo desde que era pequeña, pero cayó en el engaño del que sería su segundo marido, Andy Stroud. Este policía retirado y reconvertido en su primer mánager fue la salvación de la artista en un momento en que parecía estar a punto de rebosar, por lo que se convirtió en un apoyo esencial y enfermizo de la cantante, habituada a que su entorno se aprovechase de su talento.

Los problemas vinieron el mismo día en que salieron a celebrar su compromiso, cuando Stroud la pegó porque le había molestado que un admirador le diese una nota en la discoteca en la que estaban festejando el acontecimiento. También le amenazó apuntándole con su pistola en la cabeza a leer cartas del que fuera el primer novio de la artista. Después, la ató a la cama y abusó de ella. El calvario terminó cuando pudo escapar a la mañana siguiente y desaparecer escondida en casa de un amigo durante dos semanas.

Pero eso no era todo, su dependencia emocional con ese hombre duró años, en los que también dio a luz a su hija Lisa Celeste y, lamentablemente, tampoco pudo disfrutar de su maternidad, puesto que se pasaba el día llenando teatros y auditorios para que el público, en su mayoría blanco, se lo pasara bien mientras ella sumida en una profunda depresión, se sentía en la obligación de sonreír debido a su éxito profesional. 

Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía la necesidad de volcarse en lo que realmente le llenaba, la lucha por los derechos civiles de las personas negras y, con ello, comenzó a politizar sus canciones, para desagrado de su marido. Mientras Nina quería "sacudir las conciencias" y hacer que todo el mundo saliese de sus conciertos "hechos trizas", como menciona en el documental 'What Happened, Miss Simone?' (disponible en Netflix), lo que buscaba Andy era sacar la mayor rentabilidad posible del trabajo de su esposa.

El punto de inflexión vino de la mano de 'Mississippi Goddam', una canción inspirada en el atentado en una iglesia bautista de Birmingham, que se saldó con la muerte de cuatro niñas negras. Entonces, Nina comenzaría a dedicar sus días al activismo y utilizó su música como arma contra la intolerancia y la discriminación en el mundo en general y en Estados Unidos en particular.

"Lo más triste de actuar en público era —y sigue siéndolo— que no significaba nada una vez que uno estaba fuera del escenario. [...] Con el tema de los derechos civiles yo tocaba por una razón, y cuando me iba del escenario esas razones seguían existiendo, no se esfumaban con aplausos. Por primera vez, actuar tenía sentido como parte de mi vida; ya no eran solo esas dos extrañas y maravillosas horas que no hacían más que deprimirme cuando volvía al camerino", escribió Simone en sus memorias.

Así, también comenzaría su travesía por el autoconocimiento personal y tan pronto hallaba en las canciones una forma de protestar contra las injusticias como una forma de hacerse daño a sí misma al recordar que esa misma música era la que le había alejado de todo el mundo desde muy pequeña debido a su dedicación constante y absoluta. Llegó, incluso, a pensar en el suicidio, algo a lo que, incluso, su marido se mostró impasible.

Su forma de volcarse en los demás también fue su condena y finalmente acabó por abandonar Estados Unidos para vivir unos años en África totalmente alejada del espectáculo, después en Suiza y más tarde en París, donde falleció en 2003 tras llevar un tiempo enferma de cáncer y haber pasado por una etapa de ocaso y problemas económicos. No obstante, en la capital francesa volvió a llenar salas que incluso se quedaban pequeñas para su estatus. Lo hizo rodeada de muchos que aún creían en su poder para agitar consciencias y otros tantos que pensaban que se había convertido en una mujer gruñona y altiva.

En este sentido conviene mencionar que la cantante fue diagnosticada de síndrome maniaco depresivo y de bipolaridad, algo que muchos confundieron con un carácter amargo y egocéntrico cada vez que se subía al escenario. Sin embargo, una vez lo hacía y posaba sus dedos sobre la teclas del piano, se desvanecía cualquier opinión ajena a su comportamiento para centrarse en su música.

Alpha Decay

Sobre eso mismo habla el también músico Warren Ellis, miembro de la banda que gira con Nick Cave, The Bad Seeds, en el libro 'El chicle de Nina Simone' (Alpha Decay). El artista centra su historia en una reliquia de la cantante de 'I Wish I Knew How It Would Feel To Be Free', un chicle que pegó bajo su piano al salir al escenario en el festival Meltdown de Londres en 1999.

Al concluir el evento, en el que la pianista obligó a que la llamasen 'doctora' Nina Simone, este violinista se abalanzó sobre este preciado objeto y lo guardó bajo llave durante años, en la misma toalla que utilizó la artista para secarse el sudor durante el concierto. El libro ahonda, precisamente, en cómo esa figura única de la historia de la música era capaz de crear su propia comunidad de adeptos a pesar del agrio carácter que siempre le persiguió y el modo en que pudo separar su imagen personal de la profesional.

Su obsesión por este fragmento de Nina ha sido tal que ha llegado, incluso, a crear réplicas de cera y otros materiales utilizados para complementos con el mismo molde de la golosina. "Me di cuenta de que el chicle estaba sacando lo mejor de la gente. [...] Todo tiene que ver con la conexión", escribe Ellis en este libro. No existe una palabra más apropiada para definir lo que la propia artista lograba en sus conciertos, un vínculo con la música y la humanidad.