La joven autora madrileña Virginia Feito. | Pilar Hormaechea

Virginia Feito: «Me encantan los personajes desagradables y ver cómo han llegado hasta ahí»

Está llamada a convertirse en la autora revelación del año con su primera novela “La señora March” (Lumen). Escrita originalmente en inglés, la joven madrileña entusiasmó a la crítica anglosajona y a la mismísima Elisabeth Moss, quien la llevará al cine. 

Isabel Loscertales

No para reírse. Virginia Feito exhibe un humor contagioso. «Un mecanismo de defensa», confiesa entre risas. Aun si así fuera, le sobran razones para resplandecer. Abandonó su trabajo como publicista con el objetivo de escribir una novela en un año. Lo hizo en inglés y la ficharon en Estados Unidos, donde ha logrado reseñas elogiosas en los medios más reputados. Por si fuera poco, Elisabeth Moss producirá y protagonizará su adaptación cinematográfica. En mitad de este éxito internacional, Lumen publica ahora en español “La señora March”, el brillante debut de la ya bautizada como la Patricia Highsmtih española.

¿Cuál es el origen de la señora March? ¿Cómo nace este gran personaje?

Lo primero que se me ocurrió fue justamente el personaje. Trabajaba en una agencia de publicidad, llegaba la Navidad y en esa época siempre me pongo “Cascanueces”. Me encanta la Navidad. Estaba escuchando la “Overture” y me imaginé una mujer vestida de pieles, con un moño y un bolsito andando por las calles de Nueva York, con esperanza pero ansiosa. Por alguna razón pensé: “¡cómo me gustaría destrozar a esa mujer y torturarla con prosa!”. Luego, viendo la película “Las horas”, Meryl Streep se mete en la floristería y la mujer le dice: “tu amigo ha escrito un libro y el personaje está basado en ti”. Mezclé esas dos escenas y ahí empezó. Copié “Las horas” básicamente (risas).

No está mal…

Luego me tragué un montón de documentales de asesinatos, de mujeres asesinadas violentamente, casos abiertos… De ahí salió la rama thriller. Pensé: qué rabia cuando un misterio de estos no se soluciona, si pudiera darle a un botón… Por encima de la salud y el dinero, le pediría al Señor que me dijera quién asesinó a Madeleine McCann.

¿En qué mujeres te has inspirado para crearla?

Va a ser insultante si voy diciendo nombres pero, francamente, de la que más he sacado es de mí misma. Yo creo que soy una persona mucho más agradable, pero todas mis cualidades negativas –este libro lo he escrito con mucho odio- están ahí exageradas como en una especie de terapia. Si yo puedo ser un poco envidiosilla, un poco egoísta… pues lo he cogido y lo he explotado en esta mujer. Supongo que mi madre y yo también compartimos alguna cosa como obsesividad, angustia, ansiedad… Pero por Dios no le digáis a mi madre que está basada en ella (risas). El pan de aceitunas que le gusta a la señora March es un guiño a mi madre, eso sí lo sabe.

Portada de "La señora March", de Virginia Feito (Lumen) | Cortesía Lumen

¿Qué es lo que admiras y lo que odias de la señora March?

Odio la envidia que tiene. Se rige básicamente por la envidia. Una cosa que ella tiene y yo no tengo es que no hace autocrítica en ningún momento. Se cree que todo es problema y culpa de los demás. Tiene un poder de la negación que no admiro en nadie. Tanto a mi madre como a mí nos pone muy nerviosas. Esa negación constante es lo que más odio. Es cobarde.

Sin embargo, es una señora que puede generar compasión…

Es verdad, solo te he dicho lo que odio. A mí me encantan los personajes desagradables, pero lo que más me fascina de los personajes desagradables normalmente es ver cómo han llegado hasta ahí.  En todo lo que veo y leo, desde “Succesion”, con la que estoy obsesionada, o “Juego de Tronos” o “Dexter”, siempre es la fascinación de cómo han llegado hasta ahí. Sin juzgar, ni defenderlo, ni atacarlo. A esta mujer nunca le han enseñado a enfrentarse a sus problemas, siempre le han enseñado a evadirse y eso suscita un poco de compasión. Nunca le han enseñado qué es una relación sana, de amor. Yo por supuesto eso sí lo he tenido, mis padres me han querido mucho y hemos hablado de sentimientos. Esta mujer no han tenido ninguna relación sana en su vida, jamás, y es verdad que eso da pena.

¿Eso es lo que querías contar en tu novela? Por encima de explicar un proceso de locura o de indagar qué esconden las apariencias, ¿te interesaba más investigar el pasado de esta señora con todos sus traumas?

Me fascina absolutamente analizar el porqué de una personalidad. Siempre me ha obsesionado el tema de la identidad en la literatura. Qué nos crea como personas. Cómo seres humanos distintos en las mismas situaciones eligen o reaccionan de manera tan diferentes. Está de moda con películas como “Joker”, por ejemplo. Sin mensaje detrás, porque yo no soy ninguna autoridad sobre nada. No intento enseñar nada sobre la salud mental, ni estoy intentando defender ni atacar nada.

¿Por qué has decidido escribirla en inglés y no en español?

Es una repuesta muy frustrante porque no es algo sencillo como que mis padres sean americanos. Es más complicado porque viene de muy atrás. Aprendí inglés de pequeña, fui a un colegio inglés, mis padres antes de que yo naciera vivieron en EE.UU. –toda la familia feliz sin mi existencia (risas)-. De hecho, me llamo Virginia por el estado. Era o Washington o Virginia así que le doy gracias al Señor (risas). Trajeron mucha cultura de allí. Yo estaba viendo siempre VHS en inglés, no se podía cambiar el idioma entonces. Todo lo que he absorbido de pequeña está en versión original, en inglés. Todos los libros que leo son inglés. Es horrible lo que voy a decir, pero incluso a algún autor español lo he leído traducido al inglés. Estoy tan acostumbrada, que se me hace raro leer en castellano. Suena horriblemente prepotente pero es la verdad.

Un dominio total…

Tengo más vocabulario inglés y siento que se puede jugar mejor con el inglés. Escribo en inglés desde muy pequeña y siento que las palabras son más cortas. Es como plastilina, se puede amoldar, no hay tildes, no hay complementos indirectos, no hay laísmos… me es más cómoda. Pero ni soy inglesa, ni he vivido allí más que durante mis estudios… Toda la literatura y el cine que más quiero es en inglés, he tenido la suerte de poder disfrutarlo en su versión original.

No ha sido entonces por ambición.

Era tan ignorante con la industria literaria que menos mal que, sin querer, me topé con los americanos. De hecho, yo lo mandé primero a agentes ingleses, porque estaba más cerca. Pero me iban rechazando y empecé a enviarlo a EEUU. Fue pura suerte. No pensé: así lo peto.

Pero lo has petado. Te han reseñado los medios más importantes, están hablando maravillas de tu libro. ¿Cómo te sientes ante todo esto, siendo tu primera novela y con un mercado tan potente como el de EEUU?

Sospechosa (risas). Soy una persona, como puedes ver en el libro, muy obsesiva. Tiendo a lo negativo. Tengo una cosa que la señora March no tiene que es humor, puro mecanismo de defensa, porque pienso que siempre va a pasar lo peor. No sé porqué os ha gustado tanto. El libro está bien pero ahora estoy con el segundo y creo que todo solo puede ir a peor (risas). Estoy contenta y con mucha ilusión, en realidad.

De todos los elogios que has recibido, ¿cuál te ha hecho especial ilusión?

The New York Times. Me hice caca. No pensé que fuera a salir una reseña allí. Además, con el covid no he podido vivirlo como me gustaría: yendo allí, viendo mi libro en los escaparates, cogiendo los periódicos. The New York Times me abrumó y, claro, Elisabeth Moss me hizo especial ilusión.

No me extraña. Cuéntame cómo surge el proyecto de adaptación audiovisual.

En EE.UU. en el mundo literario tienes un agente que, entre otras cosas maravillosas, manda tu manuscrito a todo perro pichichi, incluido a ‘scouts’ que trabajan en agencias de representación de talentos: actores, directores, guionistas… Se van rulando los manuscritos -te estoy hablando de un año antes de que publicara mi libro-, para ver si es factible una adaptación. Elisabeth Moss lee mucho, en pandemia todavía más, y lo cogió. Montó una productora y la quiere producir también.

¿Cómo recibiste la noticia?

En plena pandemia teníamos la típica videoconferencia con amigos por zoom. Estábamos riendo y llorando porque no nos podíamos ver, medio borrachos todos, y me salta un email de mi agente diciéndome: “adivina a quién le interesa mucho tu manuscrito y quiere hacerlo y protagonizarlo: Elisabeth Moss. ¿Quieres tener un skype con ella?”. Y aquí mismo en esta pantalla la tuve.

¿Qué te dijo?

Me da vergüenza decirlo. Me habló maravillas del manuscrito. Yo que no sé aceptar bien los cumplidos… Estaba concentradísima en no cagarla. Ella tenía una visión de cómo debía ser la película, me sacó varias referencias y me dio un poco de miedito porque era absolutamente correcta. Teníamos una visión que asustaba porque eran muy parecidas.

¿Qué referencias eran?

No sé si lo puedo decir. Tenía referencias para diferentes cosas. Por ejemplo ese Manhattan que no se sabe bien de qué época es, como la de “Eyes Wide Shut”. Se me ocurre también “Reencarnación”, de Jonathan Glazer, con Nicole Kidman, una película muy rara. Para la relación matrimonial tenía otras…

¿Y cuáles fueron tus referencias a la hora de escribir tu novela?

Tengo mi libreta de cuándo lo estaba escribiendo: aquí tengo la fotografía de “Las horas”, aquí “La señora Dalloway”. “Cisne negro”, una peli muy importante que plagié sin querer (risas). Y las historias cortas de Shirley Jackson fueron muy importantes, con esas mujeres que van al dentista pero luego no se reconocen en un espejo o no reconocen a sus maridos… cosas angustiosas que me encantan. Caroline Blackwood, una autora infravalorada con unos personajes muy desagradables pero fascinantes. “Rebeca” con el truquito de no dar el nombre, por ejemplo. “La semilla del diablo”. Patricia Highsmith. Todos esos libros de los 60-70 con diálogos sosos, secos, pero con un lenguaje amanerado. Quería buscar ese tono. “Repulsión”, de Polanski, “Animales nocturnos”, “El papel pintado amarillo”, de Charlotte Perkins Gilman, “Otra vuelta de tuerca” y las historias cortas de Road Dahl, que me encantaban en mi infancia.

Retrato de la protagonista, Virginia Feito | Pilar Hormaechea

De hecho te han comparado con Patricia Highsmith, Shirley Jackson, Hitchcock, ¿qué te parecen esas comparaciones?

Estupendo, igualita (risas). Me río porque me parece ridículo, pero una cosa es que te recuerde y otra cosa que esté a la altura. Estos nombres me han inspirado e incluso puede indignar porque los he plagiado, pero no quiere decir que esté a la altura, que no lo estoy. Me lo tomo con humor, pero encantada de la vida.

El género de la novela es difícil de definir: hay comedia, thriller psicológico, drama, terror… ¿cómo lo clasificarías?

Eso me encanta. Algún lector está indignado porque no sabe qué género es. Tuve muchos problemas cuando  estaba vendiendo el manuscrito porque no sabía cómo definirlo. Me puse a googlear: qué es “Cisne negro”, qué es Shirley Jackson… Thriller psicológico con terror, humor, sátira, drama… es todo eso. Supongo que es un thriller psicológico pero eso te lleva a una serie de reglas y yo no las cumplo. Pero qué bien que sea un poco distinto, ¿no? Hay que innovar. Elisabeth Moss lo definía muy bien como un estudio de personaje.

Háblame de la atmósfera. De Nueva York. ¿Has vivido allí o cómo te has inspirado?

Viví en Nueva York un año pero fue de estudiante y no cuenta. Viajaba mucho con mis padres a Nueva York. Tenía un hermano viviendo en Los Ángeles y quedábamos en Nueva York. Queda pedante pero es así. Ese es el Nueva York que ha ido quedando en mi cabeza, porque de estudiante vivía en Brooklyn antes de que fuera cool. También me influenciaron las películas de Woody Allen. Es un Nueva York muy exclusivo, muy privilegiado, que yo he conocido con las visitas con mis padres en los 90 y mucho y 2000 poco. Íbamos mucho en Navidad, con esas decoraciones fantásticas, el Macy’s, el Palace, tomar unas ostras aquí, un cóctel allá... Era un mundo que empezó a crearse en mi cabeza y, cuando lo escribí, me sentía muy cómoda. Creo que me salió una novela tan claustrofóbica porque pasa en una parte muy pequeña y muy privilegiada de una ciudad.

¿Cómo llegas a escribir esta primera novela, porque como decías trabajabas en una agencia de publicidad?

No le gusta a mi novio que cuente esta historia (risas). Trabajaba en la mejor agencia de publicidad de España y aún así estaba quejándome todos los días. Tenía un vacío. Era un trabajo divertido, pero con los años perdí la magia del principio. No me podía tomar tan en serio esas reuniones tan graves sobre temas como unos spaghetti. No era lo que quería hacer, pero era el trabajo más realista que podía hacer si quería escribir. Mi novio, que era inapropiadamente mi jefe, me veía muy infeliz. Me conoce ya como si me hubiese parido. Quería ascenderme. Antes de los 30 era una cosa importante. Pero me preguntó ¿cómo te ves en cinco años? ¿te ves como directora creativa? Y ví que no lo podía hacer. Me preguntó si quería que me ascendieran o si prefería que me despidieran. Y elegí el despido. Tenía hasta fueguecito por dentro. Me dí cuenta que a lo más que podía aspirar no me hacía ninguna ilusión, entonces para qué estás trabajando tan duro. Siempre había querido escribir pero me sonaba un poco mimado.

Es una bonita historia..

Mi pareja me hizo darme cuenta de que me tenía que ir. Y me ha influido –que siempre me dice que lo diga y nunca lo digo- en que me guste el género de terror.

Te propusiste escribirlo en un año y lo cumpliste. ¿Siempre cumples tus retos?

Solo he tenido un reto (risas). No, tengo una vida muy fácil. Si me lo propuse y lo hice es porque tenía miedo. Me levantaba porque yo quería, y al principio me daba muchísimo vértigo. Emitían “Crímenes imperfectos” y pensaba: si me tiro toda la mañana viéndolo, a nadie le va a importar. Es un miedo a fracasar. Por eso me propuse el reto de terminar un libro, no me impuse publicarlo. Me hacía la idea de que lo escribía y que luego ya volvería al trabajo, ya dejaría de jugar. El miedo me impulsó a hacerlo.

Y ya estás escribiendo tu segunda novela. ¿Qué nos puedes avanzar?

Ya no tengo ese miedo. Tengo otro tipo de presión, distinta, que es llegar al nivel del primero, que es imposible. Es como haber parido un hijo que es Mozart y ten otro Mozart ¿no te jode? Yo creo que esto ya no lo repito, pero hice uno que puedo exprimir hasta que me muera, como JD Salinger (risas).