Bruselas

La capital de Bélgica es mucho más que política. Tras coger el relevo de Amberes como referencia de los ‘fashionistas’, su renovación en gastronomía y diseño es ya imparable.

NOELIA COLLADO

Olvida su fachada institucional. Quizá Bruselas sea la sede de la OTAN, la Comisión Europea y el Parlamento Europeo, pero la capital de Bélgica esconde otra cara mucho más transgresora, que poco o nada tiene que ver con la típica postal de la Grand Place o el Manneken Pis. La reapertura este año del Atomium, proyectado por André Waterkeyn en 1958, es el símbolo visible de una renovación creativa que ha convertido las calles del centro de Bruselas en un auténtico núcleo de ebullición artística.
Es bien sabido que los diseñadores belgas más emblemáticos son Martin Margiela y el grupo de “los seis de Amberes”: Dries Van Noten, Anne Demeulemeester, Dirk Bikkembergs, Dirk Van Saene, Walter Van Beirendonck y Marina Yee. Sin embargo, desde hace algunos años, los discípulos de la escuela de moda y diseño La Cambre de Bruselas han conseguido hacerse un hueco en el panorama internacional: Olivier Theyskens diseña para Rochas, José Enrique Oña Selfa para Loewe, y la ex diseñadora de complementos de Chanel Laetitia Crahay es ahora directora artística de los bolsos Delvaux.
Talento y personalidad
Para descubrir el trabajo de los diseñadores más jóvenes, acércate al Quartier Dansaert, entre el Palacio de la Bolsa y la Puerta de Flandes. En las calles Antoine Dansaert y Léon Lepage, junto a las tiendas de las firmas belgas consagradas, cada mes abre sus puertas un nuevo local con propuestas originales. Esta zona, semiabandonada hasta hace apenas diez años, se ha convertido en la versión belga del Williamsburg neoyorquino.
Sonia Noël dio el pistoletazo de salida en septiembre de 1984, con la creación de Stijl (Dansaert, 74), multiespacio en el que figuran las colecciones de “los seis de Amberes”, y que también te cautivará con las prendas de nuevas promesas como Cathy Pill (ganadora de la tercera edición del concurso de moda International Talent Support). De hecho, Rick Owens es el único extranjero que vende sus creaciones en Stijl. Pero, ¿a quién le extraña? Su trabajo tiene más de deconstrucción belga que de pragmatismo norteamericano. Como Noël, Francis Mistiaen y su mujer, Christa Reniers, decidieron instalarse en el centro de Bruselas a mediados de los ochenta. Hoy su tienda-taller, en el número 29 de Antoine Dansaert, es uno de los lugares de peregrinación de los amantes de la joyería artesanal. De hecho, Christia Reniers es uno de los pocos establecimientos de Bélgica que exporta a Tokio. Quedas advertida: reserva un día entero para ir de compras por Antoine Dansaert. Querrás entrar en casi todas las tiendas de esta calle y llevarte las prendas de punto de Olivier Strelli (en el número 44), las joyas de Marianne Timperman (en el 50), los vestidos de Annemie Verbeke (en el 64), los modelos estampados al estilo años 30 de Nicolas Woit (en el 80), los zapatos de Hatshoe (en el 89) y las prendas de Mademoiselle Jean (en el 100). Muy cerca, en la calle d’Alost, está situado el Centro Dansaert, un recinto cedido por el Ayuntamiento con más de cincuenta talleres de artesanía, y una escuela de hostelería que también funciona como restaurante.
Cae en la tentación
Es imposible ir a Bruselas y no degustar su mayor especialidad: el chocolate belga. Las bombonerías son aquí tan emblemáticas como los pubs en Londres. En el número 25 de la Galería de la Reina, encontrarás el secreto mejor guardado: la receta original del praliné de Neuheus, una tienda tradicional de estilo victoriano que abrió en 1857.
Muy cerca están Godiva (Grand Place, 22) y Léonidas (Boulevard Anspach, 46), dos emporios del chocolate belga con puntos de venta en todo el mundo. Aunque si lo que buscas son sabores nuevos, de los que no se venden en ningún aeropuerto, entra en Wittamer Chocolatier (Place du Grand Sablon, 6-12) y crea tu propia caja de bombones con bocados de chocolate negro de Madagascar, Venezuela o Ecuador. Por cierto, incluye un capricho de chocolate con leche en forma de zapato de Cenicienta. Glamour ante todo...
En la misma plaza, darás con la bombonería de uno de los más célebres discípulos de Wittamer, Pierre Marcolini, declarado mejor pastelero del mundo en 1995. ¿Demasiado azúcar para tu cuerpo? El paraíso de lo salado se llama Antoine Pinto. Él es el responsable de la última tendencia en restauración belga: adquirir fábricas y locales desvencijados para acto seguido, transformarlos en restaurantes de lujo, como La Quincaillerie (rue du Page, 45) o La Manufacture (Notre-Dame du Sommeil, 12), antigua fábrica de bolsos Delvaux reconvertida en restaurante de moda. El último en abrir: el mítico Belga Queen (Wolvengracht, 32), que antes era un banco y hoy es, sin lugar a dudas, el punto de encuentro de la gente más guapa de Bruselas.