La meditación, un viaje apasionante

La modelo nos habla de la importancia de meditar, de cómo la practica cada día. ¿Cómo se inició? Su primer recuerdo arranca en su infancia, cuando vio a su padre sentado en el suelo del salón con las piernas cruzadas...

Verónica Blume

Debía de tener nueve años y allí planté la semilla de uno de los actuales pilares de mi vida. Una de las cosas que más me gustan del aprendizaje de la meditación es, justamente, que no se aprende, sino que se trata más bien de desaprender, de simplificar, de recuperar un espacio de inocencia. Suelo meditar todos los días, con la columna erguida, bien enraizada en la tierra y con el corazón y la mente abiertas al cielo. He creado mi espacio en casa para meditar y me ambiento con inciensos, canto mantras, uso mudras (posiciones de manos con efectos precisos) o pranayamas (técnicas de respiración).

Es difícil expresar cuánto me aporta, porque cada vez es un acercamiento a un lugar de calma que me acompaña de día... Mucha gente me dice que es demasiado nerviosa para sentarse, inmóvil, y que no podría dejar la mente en blanco. Claro, pues la mente no está diseñada para quedarse en blanco, ¡ni es esa la finalidad de la meditación! El arte está en observar los pensamientos sin reaccionar.

Cada pensamiento es como una nube en un gran cielo azul: la ves pasar, pero no te vas con ella sino que sigues en el cielo. Se trata de desarrollar la capacidad de volver a tu centro, de tomar conciencia y sincronizar cuerpo y mente. Hay días que afl oran las emociones dulces y otros en los que saldría corriendo... Pero todo forma parte de mí, y darse cuenta de quién eres es una herramienta poderosa.

En el momento menos esperado, cualquier actividad puede convertirse en meditación. Entonces tengo una varita mágica: desde la sencillez todo se relativiza y puedo ocupar mi lugar en el mundo de una forma más coherente. Y sigo meditando... porque es un viaje apasionante ¡que no tiene fin!