Kate Moss

La musa del siglo XX acaba de ser reconocida como uno de los personajes más influyentes en el mundo de la moda en pleno siglo XXI.

Collete Day

Como en los buenos vinos, el tiempo, lejos de ser el verdugo de Kate Moss, se está revelando como el mejor de sus aliados. Ya dijo Chanel que el estilo prevalece por encima de todas las modas. ¿Lo dudabas? Aquí está Kate. El inicio de su carrera fue una cuestión de huesos o, al menos, eso es lo que llamó la atención a su descubridora, Sara Doukas, fundadora de la agencia Storm. Se topó con ella, en 1988, en el aeropuerto JFK de Nueva York. Tenía delante de ella una adolescente de 14 años, rubia y filiforme, ataviada con un microvestido y unas botas militares, que esperaba en la sala de tránsitos su vuelo a Londres, junto a su padre y su hermanos.

Cuenta Kate que, en su instituto de Croyton (Inglaterra), los chicos no le hacían ni caso. En tiempos de Cindy, Linda y compañía, las agencias de modelos se hubieran carcajeado de cualquier chica tan menuda y bajita. Ellos y ellas se lo perdían. Esta muchacha de rostro felino estaba destinada a abanderar un cambio de estética femenina, para bien o para mal. Su físico de niña abandonada se ajustaba como un guante a la sensibilidad del momento, que capturó la pionera Corinne Day en las páginas del "Vogue" británico; a las rompedoras portadas de "The Face"; y, sobre todo, a la campaña que preparaba un Calvin Klein que pedía «una cara realmente nueva».

Una nueva estética
Y allí estaba Kate Moss. Su físico extraño, alejado de los cánones, espontáneo y adolescente, era el contrapunto a una época saturada de excesos. La Moss era creíble por ser imperfecta. El encanto de esta nueva diosa de lo cotidiano pasaría a inmortalizar las campañas de CK de finales de los 80 (con contrato millonario incluido), y encarnaría, para siempre jamás, la belleza de los 90.

Como Twiggy en los 60, Kate se convirtió en «la nueva mujer». Un personaje en sí mismo. Los sociólogos hablan de su imagen como el espejo en el que se mira una sociedad en transformación, cuyo nuevo protagonista mediático era la gente corriente y los héroes anónimos. Kate era la belleza un tanto decadente, ambientada con música de Nirvana y películas de jóvenes más o menos desorientados, protagonizadas por Wynona Ryder, River Phoenix o su ex novio Johnny Depp. El glamour de los 80 había sido desbancado por la actitud cool de los 90. Podíamos ver a las modelos sin maquillaje, en entornos íntimos, en situaciones de lo más normales y cotidianas. Apartamentos con pilas de platos sucios, moquetas y ceniceros llenos de colillas... Era la antesala que anunciaba una nueva generación de modelos ultradelgadas y, posteriormente, tatuadas y con piercings. En medio de tanta sordidez, el rostro y el cuerpo de la modelo inglesa aparecía como un milagro entre todos estos escombros.

La mítica portada de la revista "I-D" nos muestra a Kate con un suéter cuatro tallas más grande que la suya. 1993: Kate, erótica y lívida, en las campañas de Calvin Klein Parfums, retratada por Mario Sorrenti, su novio de entonces. 1996: Kate-Diosa para la campaña de Versace que firmó Richard Avedon. En los últimos quince años la han fotografiado todos: Testino, Simms, MacCrag, Nick Knight, Meisel, Ribbs… Y siempre era ella.

El estilo es ella
La hemos visto madurar a golpe de campaña. Tras el parón de 1998 –recién separada de Johnny Depp, ingresó en una conocida clínica de desintoxicación en Londres–, reapareció imparable desfilando para Gucci en 1999. Se cerraba, al menos de momento, el capítulo grunge de aficionada a la farándula, no sin lanzar, como colofón, duras declaraciones públicas sobre la relación entre drogas, alcohol y pasarelas de moda. Con la Kate reflexiva llegaron las campañas de Cerruti, Loewe, Dolce Gabbana, Versace, Chanel, Yves Saint Laurent Rive Gauche, Missoni, Cavalli, la de la fragancia Coco Mademoiselle y la de la firma de cosméticos Rimmel. Sólo en esta temporada, la ves en las campañas de Dior Accesorios, Burberrys y las fragancias Anaïs, de Cacharel, y Opium, de Yves Saint Laurent. En cuanto a estilo, está donde debe estar: en la primera fila de los desfiles de Marc Jacobs; desfilando en los de Guesquière para Balenciaga; en el videoclip de los White Stripes, representando un espléndido número, digno de la mejor stripper, para el tema "I just don’t know what to do with myself"; en las fiestas más animadas, vestida de Lanvin y fumando como un carretero; en el estudio de Lucien Freud, posando embarazada para ser inmortalizada por el mismo artista que retrató a la reina de Inglaterra; o en Cuba, visitando a Fidel Castro. Y es que, como dijo Lagerfeld, «Kate es otra cosa. Está lejos de ser perfecta, pero ella hace que algo sea moderno sin ser moda». ¿Todavía dudas? En junio, Kate recibió el premio que concede el consejo americano de la moda CFDA, algo así como el Oscar de la Moda. Acudió a la gala con un vestido lencero color champán de Dior Couture, diseñado por su amigo John Galliano, y joyas de Cartier. Estaba realmente radiante. No la asesoró nadie. ¿Para qué?