«Después del cáncer hay vida, proyectos y sueños por cumplir»
Emma Ruiz de Azcárate, directora de Clientes y Marketing de Pelayo Seguros, repasa los once años del Reto Pelayo Vida, una iniciativa que invita a mujeres que han superado la enfermedad a vivir una aventura en algunos de los escenarios más exigentes del planeta
Emma Ruiz de Azcárate, directora de Clientes y Marketing de Pelayo Seguros, vinculada desde hace 11 años al Reto Pelayo Vida. / Cedida
Del Kilimanjaro a la Antártida, pasando por los Andes o Senegal. Desde 2015, el Reto Pelayo Vida ha organizado expediciones a algunos de los escenarios más exigentes del planeta con un objetivo: demostrar que hay mucha vida después de un cáncer.
Más de 50 mujeres que han superado la enfermedad han participado ya en el Reto, que este año celebra su duodécima edición con una nueva aventura en Senegal.
Emma Ruiz de Azcárate, directora de Clientes y Marketing de Pelayo Seguros, ha acompañado el proyecto desde sus inicios y asegura que “el verdadero éxito no está en alcanzar la meta, sino en el impacto que genera el camino”.
¿Cómo nace el Reto Pelayo Vida?
Como muchos proyectos, surgió como una apuesta pequeña, pero con una enorme convicción, demostrar que después del cáncer hay vida. Y no solo vida, sino objetivos, sueños y retos que quizá antes parecían imposibles. Vimos en esta iniciativa una oportunidad para acercar los seguros de Vida a un proyecto que aportara valor a la sociedad.
Desde el primer momento entendimos que no queríamos hablar de la enfermedad, sino de la capacidad de superación, de resiliencia y en todo lo que puede venir después.
El Reto Pelayo Vida no se centra en la enfermedad, sino de la capacidad de superación, de resiliencia y en todo lo que puede venir después
¿Esperaban que, once años después, el Reto se convirtiera en un referente para tantas mujeres?
Sinceramente, no. Teníamos la ilusión y la esperanza de que pudiera ayudar a muchas personas, pero creo que ninguno imaginábamos el alcance que acabaría teniendo.
Lo que empezó como una expedición se ha convertido en una comunidad. Han pasado por el Reto más de cincuenta mujeres, miles de personas han seguido sus historias y cada año recibimos testimonios de personas que ven en esta experiencia un símbolo de esperanza.
Creo que el secreto de su crecimiento es que las protagonistas son reales. No son heroínas lejanas: son madres, hijas, profesionales o amigas. Mujeres normales haciendo algo extraordinario.
Cada año reciben cientos de candidaturas. ¿Qué caracteriza a las cinco mujeres que finalmente son seleccionadas?
No hay un perfil único. Hay mujeres de edades, profesiones y lugares muy distintos. Algunas han sido deportistas toda su vida y otras nunca se habían planteado hacer una actividad de este tipo. Lo que comparten es su actitud ante la vida.
Buscamos mujeres que quieran vivir la experiencia, que estén dispuestas a trabajar en equipo, a ayudarse unas a otras y a convertirse en altavoces de un mensaje que puede inspirar a muchas personas.
La preparación física es importante, pero la fortaleza mental resulta fundamental. En expediciones de este tipo siempre llega un momento en el que lo que marca la diferencia es la actitud: la capacidad de adaptarse, de gestionar la incertidumbre, de pedir ayuda cuando es necesario y de seguir avanzando incluso cuando aparecen dificultades.
Y hay otra cualidad esencial: la generosidad. Ninguna expedición se supera sola, y el compañerismo acaba siendo tan importante como la resistencia física.
Del Kilimanjaro a la Antártida, pasando por los Andes o Senegal. ¿Cómo se elige cada destino?
Buscamos un desafío, pero también una historia que contar.
No elegimos los destinos solo por su espectacularidad, sino por lo que representan. Cada expedición debe sacar a las participantes de su zona de confort y obligarlas a enfrentarse a situaciones nuevas, a confiar en el equipo y en ellas mismas.
Al final, el escenario cambia cada año, pero el objetivo siempre es el mismo: demostrar que los límites que creemos tener muchas veces son mucho menores de lo que imaginamos y que juntas somos capaces de mucho.
El Reto va mucho más allá del deporte.
Sí. El verdadero mensaje es que el cáncer forma parte de una historia, pero no tiene por qué definir toda una vida.
El deporte es solo el vehículo. Lo importante es demostrar que después de una enfermedad tan dura se puede recuperar la confianza, plantearse nuevos objetivos y atreverse a hacer cosas que parecían imposibles.
Cada expedicionaria se convierte en una prueba viviente de que existe un futuro después del cáncer. Y ese mensaje tiene un enorme valor para quienes están atravesando ese proceso o acaban de salir de él.
Después de una enfermedad tan dura se puede recuperar la confianza, plantearse nuevos objetivos y atreverse a hacer cosas que parecían imposibles.
¿Cómo cambian las participantes entre el inicio y el final de la expedición?
Lo más evidente es la confianza.
Llegan con ilusión, pero también con dudas, miedos e incertidumbres. Regresan conscientes de todo lo que son capaces de hacer.
Hay un cambio muy profundo en la forma en que se ven a sí mismas. Muchas descubren capacidades que no sabían que tenían y crean vínculos que mantienen durante años.
De hecho, una de las cosas más bonitas del Reto es que no termina cuando acaba la expedición. Muchas participantes siguen formando parte de una red de apoyo y amistad que continúa mucho tiempo después.
Después de once años acompañando a estas mujeres, ¿qué ha aprendido de ellas?
Probablemente, la lección más importante es que la fortaleza humana es mucho mayor de lo que imaginamos. He visto a mujeres enfrentarse a situaciones extremadamente difíciles con una actitud admirable. He aprendido que el valor no consiste en no tener miedo, sino en seguir adelante a pesar de él.
Después de once años, sigo pensando que el verdadero éxito del Reto no está en alcanzar una cima, cruzar un océano o llegar a la Antártida. Está en el impacto que genera en las personas.
Como profesional, me reafirma en la idea de que las empresas debemos aspirar a algo más que ofrecer productos o servicios; también debemos contribuir a construir una sociedad mejor. Y, como persona, me siento enormemente agradecida por haber podido acompañar a tantas mujeres extraordinarias en una parte de su camino.
Son ellas quienes nos recuerdan cada año el auténtico significado de palabras como valentía, resiliencia y esperanza. Y, sinceramente, pocas cosas resultan tan inspiradoras como formar parte de un proyecto que demuestra, una y otra vez, que después del cáncer hay vida, ilusión y nuevos sueños por cumplir.