Josep Font

A punto de debutar en París, el creador catalán desvela en Woman sus mejores propuestas de primavera. Una colección ‘hawaiana’ y hermosa.

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/ Xabier Vázquez

Acabo de entender por qué me gusta tanto la ropa de Josep Font. Me produce las mismas sensaciones que “Loosing my religion”, una canción de R.E.M. que creo que es muy buena porque me provoca alegría de vivir y tristeza desgarrada a la vez. La ropa de Josep Font es lo mismo. Lo moderno y lo antiguo, lo sencillo y lo sofisticado, la serenidad y la juventud desbordante.

Así que me voy a conocerle a su taller, una casa en el barrio del Poble Nou de Barcelona, aprovechando su inminente debut en París. Me enseña su lugar de trabajo caminando delante de mí a grandes zancadas. Abre y cierra puertas con energía y, sin embargo, habla con mucha calma. Diría que es un tímido apasionado (y esta cualidad también se la atribuiría a su ropa). Empezamos a hablar.

«Cuando hago ropa, nunca pienso en un físico, una edad o un cuerpo determinados –me explica–. No sé cómo es la mujer que se pone lo que hago. Diría que tiene una profesión liberal, es independiente, no sigue las tendencias; simplemente, le gusta la prenda y dice: “¿Por qué no?” Yo tampoco sigo las tendencias. Lo que hoy será tendencia, mañana será… ¡Intendencia!» Entonces, le explico que en algunos grandes almacenes de ropa en serie he visto alguna prenda sospechosamente parecida a las suyas y le pregunto si es consciente de que le copian. Sonríe sin negarlo, pero cambia de tema. Me habla de la modelo de este reportaje. «Me gusta Marta Español. Una profesional se nota mucho, y ella es perfecta; sé que siempre quedará bien. La conozco desde hace años y siempre me ha gustado su belleza natural.»

Buscando diversión

Mientras habla, me enseña bocetos, así que le pregunto si todas sus colecciones tienen un hilo conductor. Una pregunta neófita y tonta que, sin embargo, da pie a una respuesta muy interesante: «En las cosas que yo he hecho siempre hay una historia. Que puede ser negativa o positiva. Por ejemplo, hace años yo no soportaba las lentejuelas. “Pues vamos a hacerlas nuestras, vamos a jugar con ellas”, me dije. Al final, ha salido una colección preciosista, con mucho brillo y lentejuelas, pero nuestras. O, yo qué sé... Un color que alguna vez he odiado... En su momento fue el amarillo, por ejemplo. “Pues haremos nuestro amarillo. O nuestro rojo.” Normalmente, siempre acabamos creando nuestros colores. Me interesan estos retos.» Le pregunto si ha pasado lo mismo con su colección dedicada a Hawai. Si también odiaba las camisas de Magnum, y me contesta que sí. «Le conté a mi gente que algo muy kitsch, muy hortera como era Hawai, podíamos convertirlo en algo bello. Idear una cosa bonita sobre Hawai y evolucionar sobre eso.»

Tiene razón. Es una colección hermosísima. Hay bordados de palmeras, estampados... Me parece que en sus colecciones hay una constante búsqueda de la diversión. Como si se hubiese propuesto que nos gustara lo que no nos gustaba. Buscar la belleza de lo feo o de lo mal comprendido. «No nos quedemos con lo que nos dicen –exclama él–. Nunca hay nada horrible. Si te vas a los noventa y piensas en los ochenta te parecen un horror. Pero desde el 2000 ves los ochenta de otra manera. Los sesenta parecían unos años terribles en los ochenta. Pero ahora, ya no.»

Me ofrece un cortado y él se sirve otro, que, sin embargo, no se bebe. Al cabo de nada, como si de repente se acordase de algo, se levanta apresurado y me trae un cuadrito con uno de los vestidos de la colección de Hawai.

Maestro Balenciaga

«No admiro a mucha gente –me cuenta–. No tengo iconos. Sólo puedo decir que Balenciaga es un maestro. En su momento, hizo una serie de volúmenes que me impactaron. Le descubrí cuando era niño, por un abrigo maravilloso que tenía mi madre, aglobado, muy cincuenta. Mi madre era una mujer muy elegante, muy interesada en la moda, y supongo que yo heredé su interés. Tenía claro que quería hacer esto. Iba por la calle y lo cambiaba todo. Vestidos, edificios, espacios... Empecé estudiando arquitectura. Mis tiendas las he diseñado yo, me gusta... Porque, ¿sabes?, cuando empecé, lo de ser diseñador de moda no existía. Mi padre me reñía: “¿Pero qué es esto? ¿Modisto? ¡Haz una carrera como Dios manda...!”.» Le pregunto si recuerda su primer diseño, y no me sorprende que lo recuerde perfectamente. «Sí, claro que me acuerdo. Fue la primera prenda que preparé en la escuela, que ganó un premio en París. ¡Tenía hombreras! Ahora las detestamos, ¿no? Fue en 1984 o por ahí. Puedes decir que era un diseño mío, pero el volumen era muy diferente. Era de color marrón chocolate y una seda natural, muy armado. Ese diseño me dio la oportunidad de lanzarme en España, de empezar a trabajar en serio.»

En el Moulin Rouge

Entonces hablamos de París, de lo que supone para él presentar su colección allí. «Es una evolución natural de mi trabajo –me explica, sonriendo–. Ahora he abierto tienda allí y los clientes, de alguna manera, te lo piden. Cuando estás en París, estás dentro del círculo mundial. Las revistas, la prensa... Cuando estás en Barcelona o Madrid, es triste decirlo, pero no. En España la cultura por la moda es aún muy nueva. ¿Sabes dónde desfilaremos? ¡En el Moulin Rouge! ¿Por qué? Por muchas razones... Yo oía a mi abuelo hablar del Moulin Rouge.»

Cuando explica esto vuelvo a ver otra mezcla. Ilusión infantil y racionalidad de anciano. También su ropa tiene las dos facetas. Se levanta y me enseña la ventana. «Mira la vista. ¡Es bestial! –exclama–. ¿No?» Mientras, en el patio se despereza un gato.

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