Julien Boudet / Schiaparelli

Daniel Roseberry: "Estamos tan desensibilizados por la saturación de imágenes y la tecnología que la gente ansía algo que la haga sentir".

Lejos de acuartelarse en el legado de su ilustre fundadora, Daniel Roseberry ha traído a Schiaparelli al ahora, devolviendo el significado a una iconografía desgastada y reconectando con una audiencia ávida de emociones y unicidad.

Laura García del Río | Woman.es

Una mesa de dibujo en medio de una sala casi a oscuras fue el único atrezo en su debut al frente de la Maison. De fondo, el mismo sonido –ruido– del metro arañando las vías que ensordecía su estudio en Chinatown durante los 33 días que pasó trabajando en su visión de Schiaparelli. La que le presentó a Diego Della Valle, dueño de la enseña francesa desde 2007, y le consiguió la dirección creativa de la casa. El traqueteo del tren dio paso a “Hungry Hippo” de Tierra World, “Ever Again” de Robyn, un remix de “The Boss” de Diana Ross. La misma lista que sonaba en sus cascos mientras, ante la mirada intrigada de los invitados al desfile, él esbozaba los diseños que recorrían la habitación en ese momento. Como si sus pensamientos se materializasen en el papel y luego en la pasarela en un acto de poesía creativa. Llámenlo performance. Meta-arte. O disrupción. Vestido con sudadera y zapatillas, Daniel Roseberry (Texas, 1985) hizo de su primera entrega para Schiaparelli, la costura de otoño-invierno 2019, una declaración de intenciones. Esta era su visión. Énfasis en el “su”.

Daniel Roseberry, director creativo de Schiaparelli. | Cortesía de Schiaparelli.

Algunos entendieron la puesta en escena como la metáfora de un punto de inflexión. Otros, la alegoría del acto de creación de un artista norteamericano que, sin hablar francés, se expresa mediante el dibujo. Y hubo quien vio un acto de complacencia narcisista. Lo cierto es que Roseberry está disfrutando “el honor”, así lo describe, de dirigir una casa –y no cualquiera, sino una que alcanzó el pináculo de la moda francesa en el periodo de entreguerras– después de diez años en segunda fila en Thom Browne. Pero el texano está en las antípodas de la figura del diseñador/celebridad que tanto han alimentado la industria y las redes. Para él, salir a escena no era tanto una forma de alardear como de exponerse. De mostrar algo de él para establecer una conexión. «Era una respuesta intuitiva a lo que creía que la moda quiere ser ahora. Mi punto de vista», explica al otro lado de la pantalla, junto a uno de los grandes ventanales por los que la escurridiza luz de un soleado París se cuela en el cuartel general de Schiaparelli, en Place Vendôme. «Creo que tiene mucho que ver con la labor de director creativo: ser capaz de responder intuitivamente a lo que sucede en el mundo a tu alrededor. Antes de las presiones, las obligaciones y todos los filtros por los que pasa tu visión, resultaba relativamente sencillo acceder a tu instinto. Mantenerlo vivo es el reto que me he puesto, porque creo que así es como las cosas funcionan. Hace unos días hablaba con una amiga, escritora, y le preguntaba cómo decidía sobre qué escribir. Cómo se comprometía con una historia. Yo cuento una nueva cada tres meses; aunque forme parte de una narrativa más amplia, cambia todo el tiempo. Pero escribir un libro lleva años. ¿Cómo sabes que has elegido la trama correcta? Me contestó que debes confiar en ti mismo, y contar la historia que solo tú puedes contar».

«Creo que nos estamos convirtiendo en una casa anti-masiva, y me encanta ocupar ese espacio», dice Roseberry. | Julien Boudet / Schiaparelli

Roseberry tiene una idea clara de lo que quiere decir, y no tiene tanto que ver con lo que en su día hizo Schiaparelli como con lo que representó. «Cuando acepté el trabajo sabía que el riesgo era considerable. Son muchas las casas históricas que han intentado resucitar y no ha cuajado. Por eso traté de hacer la firma más sobre el hoy que una obsesión con su trabajo. Para mí se trata de una emoción. El poder de Schiaparelli está en el subconsciente. Y en ese sentido, me veo más como un intérprete», reconoce. Antes de Roseberry y desde que Della Valle la pusiera en activo –pasaron ocho años desde que el magnate la adquirió, hilando el momento de volver a escena– desfilaron por la enseña hasta tres directores creativos: Christian Lacroix, que orquestó el renacimiento de la casa como artista invitado en 2013; Marco Zanini, que duró solo dos temporadas en el puesto; y Bertand Guyond, que aguantó el fuerte hasta 2019, con críticas diversas. Mientras su predecesores recurrían a las constelaciones, la langosta, los tocados extravagantes y el surrealismo evidente, el texano ha sabido esquivar la tentación de acuartelarse en los archivos. «El rosa shocking ya no choca. Más que ninguna iconografía visual o pista obvia como las partes del cuerpo, el rosa, el candado o Place Vendôme, tiene que haber una conexión subconsciente con el observador».

Con una colección de prêt-à-porter que actualiza las referencias de la casa bajo la única constante de unicidad, Roseberry busca «narrar la historia que solo aquí podemos contar. Por eso nuestro bolso con ojos, nariz y boca es un éxito». | Julien Boudet / Schiaparelli

Los paralelismos, tan odiosos, aquí proceden. Como Roseberry, Elsa Schiaparelli era una outsider. «Italiana, conectada a Estados Unidos, se estableció en París y todo eso produjo una química especial que era particularmente ella. Desde siempre, incluso en mis años en Thom Browne, ha habido una conexión entre su forma de pensar y la mía. Si me atrevo a compararnos», matiza. La italiana le intimida, y tal vez por eso ha preferido mantener cierta distancia con su figura en lugar de estudiar cada puntada de su vida. Para evitar sentirse encorsetado. De tono calmado, respuesta elocuente y una perspicacia que asoma con alguna sonrisa entornada, el diseñador encuentra una diferencia abismal entre reproducir e interpretar. Ser un forastero –como lo fue Elsa en su día, con pasaporte extranjero y sin formación previa en costura– le ha permitido «ser más objetivo». Incluso en una industria tan hermética y celosa de sus esquemas. «Quiero pensar que le insufla frescura a mi trabajo, menos supeditado al polvo de París y la tradición de la costura». También a la imagen de feminidad que históricamente ha urdido. «Si quieres parecer un cupcake, tendrás que ir a otro sitio», espetó tras el desfile de p-v 2021. «La costura ha generado esta idea de feminidad como algo frágil, vulnerable, delicado. Me encanta ser parte de un momento que permite que alguien de fuera cuestione esa percepción. Creo que hoy la feminidad tiene mucho que ver con el poder».

Es en la costura donde da salida «a una visión más pura, libre de la presión por vender», concede. Aunque tampoco ahí cojea. En estos dos años y medio ha apuntalado el prêt-à-porter, lanzado varios bolsos –incluido Anatomy, con boca, nariz y ojos, y superventas–, y abierto corner en Bergdorf Goodman en Nueva York –la primera expedición internacional de la casa– y una serie de pop-ups en Dover Street Market. Navegar las líneas entre arte y negocio, creatividad y ventas, «es complicado», admite. Su audaz propósito es hacerlas converger. «El lujo hoy se hace en masa. Nosotros producimos incluso el prêt-à-porter en cantidades muy exclusivas. Creo que nos estamos convirtiendo en una casa anti-masiva, y me encanta ocupar ese espacio». Lejos de concebir las llamadas piezas editoriales, y aparte otras «más tontas» con vocación comercial, le resulta más interesante «hacer de ambos conceptos uno. Es posible. Mira a Karl Lagerfeld. A McQueen. JW Anderson. O John en Dior». Que el vestido de punto dorado con dos cazoletas de metal con forma de pechos (bastante realistas, por cierto) de la colección de invierno tenga lista de espera le da la razón. «Elsa era un genio –más que Dior, Coco y cualquiera de sus contemporáneos– porque entendía el subconsciente de la gente. Hoy vuelve ese apetito por lo surrealista. El predominio de las redes ha tenido más impacto en la moda que la pandemia. En el modo en que pensamos en el lujo; en la prevalencia de la creatividad, la unicidad y la identidad. Estamos tan desensibilizados por la saturación de imágenes y la tecnología que la gente ansía algo que le emocione. Que rompa a través de todo ese ruido y le haga sentir y, aún más importante, recordar. Hay colecciones que vi siendo un estudiante y aún rememoro. Pero hoy hay tanto, y sin embargo tan poco que merezca la pena recordar. Creo que por eso la moda discreta no me dice nada. Tal vez en mi vida personal sea más conservador», concede el diseñador. «Pero en mi trabajo me gusta ser tan audaz como sea posible».

«Por una u otra razón la industria quiere que el cuerpo femenino sea un tema político. Pero nosotros lo enfocamos de una forma que tiene que ver más con el arte», explica Roseberry de su revisión de los motivos anatómicos con los que Elsa Schiaparelli causó sensación en su día. «He dedicado mucha energía a hacer que la iconografía de la casa resultase nueva». | Julien Boudet / Schiaparelli