Mariana Enríquez, premiada escritora de terror, autora de ’Alguien camina sobre tu tumba’ y ‘Nuestra parte de noche’. | Nora Lezano

Mariana Enríquez, la reina de la literatura de terror: una lectura ideal para Halloween

“La atracción por los cementerios es bastante más común de lo que parece”, nos cuenta la premiada escritora argentina del género fantástico en los días previos a la noche más tenebrosa del año. Un momento perfecto para hablar con ella de su libro ’Alguien camina sobre tu tumba’ y de su fascinación por la oscuridad.

Paka Díaz | Woman.es

Si buscas una buena lectura de cara a Halloween, cualquiera de los libros de Mariana Enríquez (Buenos aires, 1973) te pondrá en el ambiente de la tenebrosa noche de los difuntos. Pero, sin duda, su última obra publicada en España, ’Alguien camina sobre tu tumba’ (Anagrama), es ideal para recrear la noche de Todos los Santos. Un fascinante recorrido por algunos de los cementerios más célebres del mundo que, con la mirada de la escritora argentina, se convierten en mucho más.

No es de extrañar, con su perfil y su vasto conocimiento en literatura, cine y cualquier tipo de arte gótico o de terror, que Mariana Enriquez sea una enamorada confesa de los cementerios. En este libro de relatos, la acompañas en sus paseos para conocer cementerios como como el de Montparnasse en París, el de Highgate en Londres o el de Poble Nou en Barcelona. Y, junto a ella, que confiesa que aprovecha cualquier viaje para sacar un rato en el que visitar camposantos, vivir sugerentes aventuras por lugares cargados de misterio.

Que Mariana Enríquez es la reina de la literatura de terror del siglo XXI es un hecho. Creadora de un género único, al que se podría denominar como terror social, tiene un don para crear imágenes que nos ponen los pelos de punta, al mismo tiempo que nos hacen reflexionar sobre la desigualdad, el capitalismo o la oscuridad más tenebrosa de las dictaduras. Todo, mientras ella se dedica con cuerpo y alma a lo que más le interesa: hacernos pasar miedo.

Se agradece tanto encontrar una artista de este calibre en la literatura de género, que sus fans ya se cuentan por miles y ha conseguido lo que ni el mismísimo Stephen King, el rey del terror y del que la propia Enriquez se declara admiradora, no ha logrado: tiene el aplauso unánime de la crítica y premios literarios de prestigio, como el Herralde, el Premi Ciutat de Barcelona, o el Celsius a la mejor novela de ciencia ficción, terror o fantasía escrita en español por ‘Nuestra parte de noche’.

Y es que, tras extraordinarios libros de relatos como ‘Los peligros de fumar en la cama’ y ‘Las cosas que perdimos en el fuego’, Enriquez publicó ‘Nuestra parte de noche’ su ópera prima como novela, que fascina desde el minuto uno. Personajes bien definidos, pero también perfectamente emborronados, una historia que sorprende a cada giro y una sensación de inquietud permanente –cuando no de horror–, tejen este libro maravilloso que no deseas que acabe.

Mariana Enríquez, premiada escritora de terror y autora de joyas como ’Alguien camina sobre tu tumba’ y ‘Nuestra parte de noche’.   | Florencia Cosin

Cualquiera de sus libros es perfecto para caldear el ánimo de cara a una terrorífica fiesta de los Difuntos, Samaín​ en Galicia, Día de los Muertos en México o Halloween en medio mundo. Hablamos con Mariana Enríquez del miedo, y, también de su labor como directora de Letras del Fondo Nacional de las Artes del Ministerio de Cultura de Argentina desde el que promueve los géneros fantástico, terror o ciencia ficción. Una labor importante y necesaria. Comenzamos con cementerios, esos lugares que, paradójicamente, nos dice, están llenos de vida. Spoiler: es muy larga, es lo que pasa cuando hace la entrevista una fan, pero merece la pena escuchar a la maestra hasta la última palabra.

Llamas a ‘Alguien camina sobre tu tumba’, tu ‘necroautobiografía’…

Sí, es un chiste. Son crónicas autobiográficas. Casi no contienen ficción. A lo mejor, como suele pasar en las crónicas, acomodar algún hecho para tener una mayor fluidez en la narrativa. Lo central es el lugar, como yo me relaciono con el espacio y el cementerio se relaciona a su vez con el sitio donde está inserto, algo que a veces apenas puedo intuir porque no lo conozco tan bien.

¿Cómo y por qué comenzó tu atracción por los cementerios?

Creo que es una atracción bastante más común de lo que parece. Siempre que hablo de ello hay alguien a quien le encantan. Hay quien no lo toma como un lugar macabro, sino como casi un museo, con cierta adrenalina agregada. Cuando era chica ya me empezaron a gustar porque tenía bastante que ver con cómo era yo de adolescente, bastante punk. Me gustaba lo gótico. Entonces tiene que ver con una estética y con lo narrativo de los cementerios. En ellos encuentras historias, muchas no tienen nada que ver, pero otras repiten experiencias sobrenaturales comunes. La mano que sale y te agarra, la chica que se aparece, el que se despierta dentro de un ataúd… Qué sé yo. El miedo al entierro es muy frecuente. Pero después viajás a los lugares y encontrás cosas misteriosas…

¿Cuál sería un ejemplo de ese misterio?

Hay una isla argentina a en medio del Río de la Plata, casi una especie de roca, muy particular donde hay varios cementerios. Uno es el cementerio indígena, que no se puede visitar, y otro es el de los colonos y, en él, todas las cruces tienen el travesaño torcido. Y no hay motivo. La gente dice que pasó porque había un molde que estaba mal. Pero no es la razón porque hay mucha diferencia de años entre las cruces y, bueno, no es más que un molde, se podía solucionar fácil. En esa reticencia a explicar está el misterio. Yo regresé y me puse a buscar, pero no hay datos, hay interpretaciones. Hay quien piensa que marcaban a los muertos de peste, hay quien cree que indicaban a los suicidas o a los miembros de una secta, no una oscura, sino fourierista, que tenían una visión ideal de la sociedad. Pero, finalmente, no se sabe el porqué.

D.R.

‘Alguien camina sobre tu tumba’ comienza contigo muy joven de viaje con tu madre por Italia y con un encuentro sexual en el camposanto de Staglieno, en Génova… ¿Es un libro con mucho rock & roll?

Sí, yo soy muy así. Mis recorridos por los cementerios no son de paseo. Muchos libros de cementerios son contemplativos, sobre tumbas de escritores, con mucha solemnidad. Algunos me gustan, pero mi personalidad no es esa. Mi objetivo no es ir a ver las tumbas de los famosos, que por supuesto visito, sino más bien la narrativa de las personas enterradas. Mi erudición tampoco es esa. Del cementerio de Génova, yo sabía que una portada de un disco de Joy Division estaba hecha en él, no era fan, pero lo sabía. Después, sí me sorprendió mucho ver como era ese lugar de verdad, de los años 20, muy impresionante. Luego entendí que hay bastantes cementerios italianos que tienen ese algo muy fastuoso y, a la vez, muy realista. Pero sí, hay bastante sexo y aventura en las crónicas.

¿Qué te atrae de los camposantos para narrarlos?

Las historias. Está el cementerio de Poble Nou de Barcelona, donde hay un joven que hace milagros, algo que es cada vez menos frecuente en Europa, no es nada común en los países anglosajones y es muy típico en América Latina. Ese chico de Poble Nou trabajaba en una tienda, siempre me atrajeron los misterios que esconden las personas así. Están las catacumbas de París…. Yo fui allá a buscar mi cementerio literario favorito, el de Los [Santos] Inocentes, que ya no existe más, pero quedan las catacumbas. Hubo un turista italiano que se desmayó en ellas y yo aproveché y me robé un hueso. Es una barbaridad hacer eso. Luego, fui al cementerio de Montparnasse y me acordé de un famoso necrófilo de ese cementerio. Más que las tumbas, me interesa la historia de ese hombre. Mi libro es rockero en ese sentido. Más cercano a historias que tienen que ver con canallas, asesinos e injusticias, por ejemplo. O con las fosas comunes, esas cuestiones relacionadas con la política, no tanto con lo solemne del lugar. Veo a los cementerios como lugares vivos, más rockeros.

¿Qué dicen los camposantos de las fases históricas que hemos vivido y qué dicen de nuestro presente? ¿También miras la parte del presente?

Sí, la miro bastante. Los cementerios están cambiando mucho. Los realmente bonitos están viviendo una época de mucho turismo, lo que no me parece necesariamente malo porque se preservan y los mantiene vivos. Probablemente en las ciudades que ya están saturadas, son un elemento turístico más. Uno va al cementerio judío de Praga y cuesta caminar. En las fotos de los turistas parece que no hay nadie, pero si sacaras la foto al revés, se vería una masa de gente enloquecida tratando de sacar fotos de lápidas escritas en hebreo, un idioma que muchos seguro que no entienden. Una ciudad como Praga, totalmente intoxicada por el turismo, hace que ese lugar no tenga aura alguna. En la misma ciudad, hay otro cementerio arriba, caminando un poco en una colina, que se llama Vyšehrad y conserva esa cosa más quieta. Unos cementerios están como de moda, otros están desapareciendo o se usa el crematorio y ya. El cementerio municipal está en decadencia, sobre todo en las grandes ciudades, porque en las pequeñas tiene una función comunitaria. Y luego está la aparición de esos nuevos cementerios, no sé en otros lados, pero los vi mucho en América Latina, hechos de césped. La lapida está sobre la hierba, así que cuando miras, si no estás justo encima, no las ves. Se llaman como ‘parque de la gloria’ o nombres así. Eso funciona como una ocultación de la muerte muy particular, como una fachada. No son públicos y son caros, con horarios para ir a ver al deudo, nada de a cualquier hora. Luego está el tema de la clase. En los cementerios puedes ver las diferencias sociales con claridad, incluso ahora estar en la pared en un nicho, es más barato porque ocupas menos espacio. Están las tumbas bonitas, que son de los ricos, las de esa clase media que se entierra en el suelo y los que tienen menos recursos que van a los nichos. En los cementerios se reproduce la sociedad.

¿Has pasado miedo alguna vez en un camposanto?

Dos veces, están las dos en el libro. Una fue en el cementerio de Polloe en San Sebastián. Conseguimos, por una periodista conocida mía, una autorización para ir de noche. Estaba super oscuro. Estábamos con un fotógrafo y teníamos algunas linternas y algún móvil con luz, pero se veía muy poco. Yo estaba haciendo fotos con flash y luego las miraba para comprobar qué se veía. Pero me empecé a sugestionar y a tener miedo de que apareciera algo que yo no estaba viendo. De día no es lo mismo porque lo ves, pero de noche es otra cosa. Tenía miedo de dar el fogonazo de luz y que detrás apareciera algo. Saqué muy pocas fotos. Y otro fue en un cementerio muy espectacular, el Presbítero [Matías] Maestro, en Lima, muy señorial, que está prácticamente vacío. Yo iba sola y, en un momento dado, entré en una zona donde había nichos pero también algunas tumbas con arquitectura y escultura muy hermosas, y me aparece un señor, que creo que era un cuidador, que quiso hacerme como de guía turístico. Me preguntó si había escuchado la noticia de ‘un dominicano sin cabeza y que habían tirado al cementerio’, cosa que había sido cierta porque después lo ‘googleelé’. Me dijo, ‘te voy a mostrar la cabeza’. El señor era muy pequeño y bajito y se metió entero en un nicho del que sacó una bolsa de basura de esas negras, la abrió y dentro tenía una calavera, muy reseca, que obviamente no era del hombre de la República Dominicana. Pero como yo era una mujer sola, me asusté mucho. Por suerte, me encontré con otro cuidador que me acompañó a la puerta porque no fui capaz de decodificar las intenciones de aquel hombre.

¿Hay alguno que tengas en la lista y aun no hayas ido?

Sí, uno que no es estrictamente un cementerio, aunque técnicamente sí que lo es, el Osario de Sedlec, también en la República Checa. Por fuera es un edificio, pero por dentro está como una capilla hecha con huesos humanos. Todas sus decoraciones, candelabros, grandes lámparas, todo está hecho con huesos humanos. La vez que fui a Praga fue complicado porque mi modo de ir a los cementerios de forma rockera incluye que lo hago en momentos en los que escapo. En un viaje que me paga la feria del libro que sea, por ejemplo, y yo me cojo una tarde para ir al cementerio, hago mis notas y después investigo. Y quiero que se note eso, que no es el trabajo de un ‘flâneur’ [paseante], sino de una persona que medio está trabajando y busca un hueco para su hobby. Cuando se pueda volver a viajar, voy a ir a ver el Osario. En tu obra se mezcla el realismo y la literatura de terror, como un realismo mágico de denuncia y gótico al mismo tiempo.

Algo muy palpable en tus libros de relatos, ‘Los peligros de fumar en la cama’ y ‘Las cosas que perdimos en el fuego’. ¿De dónde te surge este estilo, esta forma tan tuya de narrar?

Siempre fui una fan del género, el gótico, el terror, todo. Pero para escribirlo, yo pensaba que viviendo en América Latina, con mis experiencias, no podía hacer un novelón a la Brontë, ni relatos tipo Lovecraft. Hay algo de la experiencia sociopolítica de América Latina que te atraviesa muchísimo. Y tiene muchos elementos que son muy diferentes a ese gótico tradicional que sobre todo es europeo, cuando no anglosajón. Entonces me dije, ¿cómo puedo hacer una adaptación de eso? Voy a hacer un texto sobre una casa embrujada en América Latina, pero, ¿cómo es, por qué nos da miedo? En un cuento como ‘La casa de Adela’, hay una chica que tiene unas características diferentes y una casa convertida en una especie de leyenda urbana, una casa que por afuera es de una manera y por adentro es mucho más grande, distinta, con repisas llenas de dientes y cosas por el estilo. Como la apariencia de la sociedad y lo que hay oculto. Lo que subyace a todo eso, es que el lector que no vivió nuestra realidad, igual lo puede leer como un cuento de terror en el que el gran miedo es la desaparición de las personas, digamos. Stephen King dice que lo fantástico o sobrenatural, el susto o el asco, no funciona sin lo que él llama el factor de presión fóbica social. O sea, algo que nos produzca miedo a todos como sociedad, los horrores cercanos y conocidos.

¿Cuáles son los grandes miedos contemporáneos?

Tenemos miedo de tantas cosas. El miedo a morir, a enfermarnos. Miedo de la violencia, de la guerra. Pero también tenemos miedos personales. De volvernos locos o de que se enfermen nuestros hijos. De perder el trabajo y quedar en la calle. Y después están los miedos que tienen que ver con las situaciones sociopolíticas. De quedar en medio un tiroteo, de una guerra civil. En América Latina tenemos miedo de la violencia múltiple, de las instituciones y de las organizaciones que tienen que ver con el delito. Me pareció que había que trabajar con esos miedos. El terror y el gótico contemporáneo tienen que trabajar con los miedos contemporáneos, porque además el gótico tradicional también lo hacía. Cuando uno lee ‘Frankenstein’, por ejemplo, y Mary Shelley está planteando el robo de cadáveres, es porque se robaban cadáveres en la época de ella y la gente le tenía terror a eso. En el cementerio de Edimburgo, por ejemplo, todavía se conservan las rejas que se ponían sobre las tumbas para que no las pudieran robar. Los ladrones de tumbas hacían una especie de pozo vertical y se metían por ahí. Había un montón de maneras de hacerlo porque se ganaba mucha plata con eso. Ella trabajaba con ese miedo de la época, por un lado, y por otro, como es el inicio de los descubrimientos científicos más importantes y de la revolución industrial, con el miedo de hasta dónde se puede llegar o hasta dónde podemos manipular todas estas cosas. Eso sigue siendo bastante contemporáneo, lo cual es llamativo. Lo que quiero decir es que Mary Shelley no escribía en el aire, estaba describiendo los miedos de su tiempo. El terror de nuestra época tiene que trabajar con los miedos de nuestra época, respetándolos. La casa embrujada significa otra cosa hoy, la mujer loca encerrada es otra cosa. Si vos querés escribir un cuento gótico sobre loca encerrada, sobre una mujer a la que encerró su marido en un caso de violencia doméstica, funciona. Por ejemplo.

Tras tantas narradoras femeninas en tus cuentos, llegamos a tu primera novela, una de las grandes novelas de este siglo, y los protagonistas principales son hombres, con personajes muy complejos e interesantes, más que los femeninos que aparecen en el libro. ¿Por esa elección y hasta dónde creen que nos influyen los arquetipos tradicionales, masculinos/femeninos? ¿Habría que hacerles una revisión de género?

Yo creo que es una cuestión de tiempo y de lectura social. En la novela decidí que los protagonistas fuesen hombres, porque mis relatos eran todas mujeres y me cansé. Hombres porque tenía ganas de escribir eso y para salir también del arquetipo de la escritora que tiene que escribir sobre mujeres, que es como bueno, ¡basta! Cuando tenga algo que decir de las mujeres, lo haré con honor. Pero sí que pasa que hay unos arquetipos femeninos que se mantienen y son dobles. Todavía hay como una idea de la bruja mala y de la santa. Y no sólo la literatura. Lo mismo pasa en el cine, por ejemplo. Como que resulta muy difícil construir una mujer poderosa, por ejemplo, sin darle atributos masculinos. Cuando se hace, se construye el personaje de una mujer que pega piñas y patadas. Me parece que avanzar en eso es solo una cuestión de tiempo. A mí misma me costó antes de empezar a escribir narradoras mujeres, cuando empecé a escribir los cuentos. Al final todos son mujeres y creo que no son para nada arquetípicas. Yo pensé que por la cuestión esencial de tener la experiencia de serlo, yo podía escribir una narradora mujer, pero me di cuenta que no. Estamos muy acostumbrados a leer narradores hombres. No solamente los crean los escritores hombres. Puedes leer a Patricia Highsmith, por ejemplo, y casi sus personajes principales son varones. También me pasa con Iris Murdoch. Es natural, porque claro, ellas crecieron leyendo a narradores varones. Es lo primero que te sale hacer, lo más fácil, digamos. Algo narrado por una mujer que era muy raro. Las Brontë lo hicieron porque eran unas locas tremendas, quiero decir, que eran muy arriesgadas. Pero, pero una cosa que quiere Valeria, mostrémosle. Al final parece como que el masculino es un héroe universal, no el femenino. Claro. Al final subyace que el femenino es para mujeres. Pero después se ha seguido haciendo porque las escritoras quieren esto del universal y otras porque no tienen la referencia. Sobre todo porque no es tan fácil cuando está construyendo un personaje que no está en primera persona. Yo me acuerdo cuando empecé a escribir cuentos, me salían narradoras femeninas, pero hablaban como yo, se parecían a mí y no lograba construir a narradoras que no fueran Mariana, o sea, que fueran personajes aparte. Y ahí entendí que que por más que uno diga., somos iguales, o que haya tenido oportunidades similares a los escritores varones de mi generación, o mejores incluso, hay problemas más profundos que una no intuye hasta que no se pone. Yo no sabía que no sabía escribir mujeres y tuve que enseñarme a hacerlo.

¿Cómo conseguiste encontrar tu voz para escribir personajes femeninos?

Me ayudó mucho, paradójicamente, los géneros del terror y el gótico, porque como seres son géneros tradicionalmente bastante despreciados, ahí había muchas mujeres que despuntaban. Ahora se están rescatando un montón, recopilaciones de cuentos de época de todas esas escritoras. No sólo del gótico, sino un poco posterior. Por ejemplo amigas de Dickens, que publicaban en las revistas y escribían estas cosas poco prestigiosas. Ellas se iban construyendo una voz que no necesariamente era la mía, pero me ayudó leerlas. Y luego leer a otras mujeres. Shirley Jackson, por ejemplo, me ayudó bastante. Y algunas en español. Silvino Ocampo tiene una voz muy particular, muy loca, como Clarice Lispector. Son como flores raras, creo que también por esa falta de referencias. Y a mí no me interesa tanto la rareza, sino la continuidad. Pero creo que en los cuentos lo hice, pero en la novela, la verdad es que tenía ganas de describir varones y creo la única mujer que traté de esta forma no convencional es Rosario, esa madre poco convencional, muy calculadora. La desarticulé un poco a ella. Vamos a ver en el futuro. Creo que es una tarea que tiene que ver con el tiempo, que empiezan a aparecer más y más voces de mujeres y ahí se va a armar el cambio.

Te han nombrado directora de Letras del Fondo Nacional de las Artes del Ministerio de Cultura de Argentina. ¿Qué te gustaría lograr con ese cargo?

Es muy complejo pensar en objetivos en este momento de pandemia, porque por muchos motivos es un organismo que se financia. O sea, hablamos de gestión pública. Quienes publican un libro, hacen una obra de teatro o música, todos le pagan un pequeño canon al Fondo Nacional de las Artes, es como un banco. Con la pandemia, se hacen obras de teatro, se publican menos libros y se redujo muchísimo el ingreso de dinero. Entonces es muy difícil pensar en cuestiones ambiciosas. Igual, como soy yo, tuve mi pequeño escándalo porque hice un concurso literario más focalizado en terror, ciencia ficción y fantástico, y se armó un despelote fantástico, porque, además, puse novela gráfica. ¿Cómo puede ser poesía de terror?, se preguntaban. Pero, la verdad es que el primer premio terminó siendo para un poema largo. Y yo no tuve nada que ver porque yo sólo organizo, el jurado eligió a una poeta. Los escritores en general nos divertimos escribiendo, aunque escribamos cosas horribles, me parece importante transmitir esa especie de inutilidad que tiene la literatura. Quiero decir, a uno lo puede ayudar mucho un libro, incluso le puede cambiar la vida, pero, la verdad, la literatura también tiene que ver con el ocio, con divertirse. A mí me interesa eso. No solemnizar una tarea. Yo noto a veces en ciertos escritores que se lo toman tan en serio como si tuvieran que entrar a un quirófano. La literatura es un placer, es un privilegio, así que disfrutemos, hagámosla de todos.

Y tú, ¿disfrutas al escribir?

A veces sufro al ejecutar, pero suelo disfrutar muchísimo. Creo que eso del sufrimiento tiene que ver con lo que hablábamos antes de la cuestión de género. Con toda esta cosa torturada del genio masculino, algo muy de los hombres. La mujer está mucho más acostumbrada, por montones de razones, a estar en lo práctica, en las cuestiones de todos los días, en resolver las cosas de todos los días y qué se yo. Eso lo noto bastante.Por ejemplo, Alice Munro cuando te cuenta como escribía, explica que acostaba a sus hijos y después se dedicaba dos o tres horas a poder escribir. Y creaba esos cuentos extraordinarios. Da qué pensar.