Oviedo

Bárbara Goenaga y Álex González, que han rodado sus últimas películas en tierras ovetenses, nos descubren la ciudad que Fernando Alonso y los Príncipes de Asturias han hecho famosa en el mundo entero.

Cristina Ros

Es la segunda vez que coincidimos en un reportaje», nos dicen Bárbara y Álex, recién aterrizados en el aeropuerto de Asturias. Hacen buena pareja. Ella, delgadita, menuda, con cara de ángel; él, alto, con boina francesa y sonrisa de galán americano. Cualquiera los confundiría con un par de enamorados, pero nada más lejos. Bárbara comparte su vida desde hace años con el también actor Óscar Jaenada, y Álex es un soltero escarmentado tras su mediática –a su pesar– relación con la cantante Chenoa.
Les juntamos en Oviedo porque ambos acaban de rodar en esta ciudad. Ella, Oviedo Express, de Gonzalo Suárez; y él, la última de Garci, titulada Luz de domingo.
Nuestra primera parada es el impecable parque de San Francisco. Está limpio, muy limpio, no en vano la ciudad ha vuelto a recibir este año el premio Escoba de Oro al lugar más impoluto de España. Sentados en la hierba, Bárbara nos comenta: «Ha sido uno de los rodajes más divertidos de mi vida. Por la noche, nos reuníamos las cuatro chicas (Aitana Sánchez Gijón, Maribel Verdú, Najwa Nimri y ella) en una habitación y teníamos conversaciones tipo Sexo en Nueva York hasta las tantas. Creo que Najwa está escribiendo un guión sobre esas charlas.» Confirmado: lo mejor –o al menos lo más divertido– sucede detrás de las cámaras. Durante el rodaje de Luz de domingo, Álex conoció a David Bustamante, que acudía a Oviedo a visitar a su mujer, la actriz Paula Echevarría, protagonista femenina del filme. El actor nos obsequia con una imitación del popular cantante y no podemos más que echarnos a reír. Ante un público tan agradecido, sigue con sus parodias: David Bisbal, Marlon Brando, Robert de Niro... «Are you talking to me?», dice con la misma inclinación de cabeza que De Niro en Taxi Driver.
El encanto del monte Naranco
Terminada la sesión de fotos en el parque, donde Bárbara y Álex no dejan de hablar y sonreír, cogemos un taxi para dirigirnos al monte Naranco, salpicado por pequeñas iglesias como la de San Miguel de Lillo o Santa María del Naranco. Desde allí, las vistas son increíbles. Un entorno que invita a relajarse, a disfrutar de la naturaleza, pero que los chicos aprovechan para desahogarse a base de saltos y espontaneidad. Se divierten, todo lo contrario a lo que les sucede, dicen, en momentos como las ceremonias de entrega de premios. Hace dos años, coincidían en los Goya. Bárbara, junto a su novio, quien recogía el Goya al mejor actor por su interpretación de Camarón. Álex, que acudió con Chenoa, estaba nominado como mejor actor revelación por meterse en la piel de un boxeador en Segundo asalto. Finalmente, no obtuvo el premio, pero fue objetivo de todos los flashes: «Lo peor es la alfombra roja –comenta–. No sabes qué hacer ni qué cara poner. De repente, estás ahí y luego puede que no te vuelva a caer un papel en mucho tiempo. Es muy loco.»
Llega la hora de comer y, entre todos, decidimos ir a un restaurante (Pagos Viejos) del casco antiguo, donde nos liamos a comer tapas. Mientras, echamos un vistazo a una portada de Elena Anaya. Cuando les preguntamos su opinión sobre esta actriz, que empieza a sacar la cabeza en Hollywood, contestan: «¡Es muy atrevida! –comenta Bárbara–. A mí me cuesta un montón exponer mi lado más sexy. Con esta cara de niña buena que tengo…» Álex sonríe. Los dos pertenecen a una nueva generación de actores españoles que incluye nombres como los de Pilar López de Ayala, Marta Etura, Rubén Ochandiano, Únax Ugalde –de quien Bárbara es muy amiga desde que empezaron su carrera juntos en series de televisión del País Vasco–, Silvia Abascal, Macarena Gómez… Cuando sale el nombre de Javier Bardem, todo son elogios. Recordando algunos de los papeles del actor se les hace la boca agua. Se nota que es uno de sus principales referentes, aunque cada uno de ellos lucha por imprimir su propia huella. «Lo peor de esta profesión son los castings –confiesa Álex con el asentimiento de Bárbara–. En pocos minutos tienes que demostrar lo que vales, y a veces los nervios te juegan una mala pasada. Pero también hay otras ocasiones en que sale bien; al parecer, para la película de Garci lo tuvieron claro desde el principio. Y yo, encantado, por supuesto….»
Un alto en el casco antiguo
Digerimos la comida paseando por el casco antiguo. Nos perdemos por las callejuelas y por plazas como la de la Constitución (donde está el Ayuntamiento); la de Feijoo, que está al lado de la catedral y que constituye uno de los centros neurálgicos de la noche asturiana, o la del Paraguas, tan diminuta como encantadora. Los actores las conocen todas después de haber vivido varios meses en la ciudad por exigencias del guión. «Cada día, –recuerda Bárbara– me cruzaba con la misma gente: un viejecito con su bastón, la madre paseando a su hijo… Además, yo soy del Norte, y era casi como estar en casa.» Cuando entramos en una de las mejores confiterías de la ciudad (Rialto) para endulzar la recta final del día, Bárbara recibe una llamada de su hermano desde San Sebastián. Le responde en vasco. En cuanto cuelga, nos comenta su preocupación por la situación del lugar. Pese a vivir en la capital, sigue muy de cerca lo que pasa en su tierra. La conversación gira en torno a los últimos acontecimientos, que ponen la única nota de tristeza de la jornada.
Es hora de partir. Los chicos están exhaustos, pero siguen de buen humor. Están acostumbrados a largas jornadas de trabajo, y no se quejan. Al despedirnos de ellos, les deseamos que lleguen muy lejos.