Marraquech

En el corazón de Marraquech, el riad Al Jazira es un secreto bien guardado a menos de dos horas de avión.

Silvia Martín

Cambiar de mundo es fácil. Un par de horas de avión y nada es igual. Otro idioma, otras costumbres, y la voluntad común en todas las culturas de cuidar el cuerpo y el espíritu. Marraquech bulle de actividad, color y vida. Yves Saint Laurent la describía como «una ciudad fuera del tiempo». Acertaba y acierta. Para comprobarlo, nada mejor que tomar un té a la menta con vistas a la plaza de Djemaa El Fna y alojarnos en un riad. Desprenden un lujo personalísimo y mundano, hilvanado a base de formas simples, colores vibrantes, la calidez de cojines y alfombras, y el trabajo artesano del metal y la madera. Son casas tradicionales y antiguos palacios estructurados alrededor de un patio con jardín. Intimidad en la transitada medina.
Chic bohemio
El riad Al Jazira tiene una arquitectura espléndida en su sobriedad, quince habitaciones amplísimas, tres patios interiores de tranquilidad asegurada, una pequeña piscina y un hammam. ¡Ah!, y una gastronomía para poner a prueba nuestra fuerza de voluntad! Aquí el diseño se vive sin protagonismos ni rarezas. Con unidad de concepto y estilo. No sobra nada, no falta nada. No hay evidencias más allá de una decoración que nos da la bienvenida con la hospitalidad árabe tradicional. La ostentación estándard da paso a un hábitat propio. Velas y esencias. Blanco, rosa, rojo y azul. Espacio para pensar con las distracciones justas. Un té a la menta, un libro, el restaurante blanco con la chimenea encendida. Un interiorismo sencillo, cálido y efectivo, que se adapta al ritmo de vida. Reinterpretación contenida de las formas clásicas, espacios abiertos y patios recogidos.
Juegos de luz
Llegar de noche al riad es volver a descubrir las estrellas. Silencio y una piscina iluminada resplandeciente de azul. A su alrededor, lámparas árabes cobijan las velas. La ansiedad y los nervios no caben aquí. El zoco y las compras pueden esperar. Cena exquisita contemplando la danza del fuego, naranjas recién exprimidas con el desayuno y un placentero hamman para limpiarnos el cuerpo y la mente. Al atardecer hay que asomarse a la terraza para ver los últimos rayos de sol, o dejarse caer en cojines y rincones auténticos que no puede igualar ningún chill out . Pedimos algo dulce para picar y apuntamos en la agenda ideas decorativas para reinterpretar nuestro espacio: despejaremos el salón, haremos sitio para una lámpara de suelo en un rincón poco iluminado, estrenaremos alfombras y ofreceremos el aperitivo en platos de cerámica. ¡Habrá que visitar el zoco!