“El viaje que cambió mi vida”

Cuatro mujeres nos explican su experiencia vital al entrar en contacto con otros mundos, otras realidades. Quizá fue cosa del destino.

TESTIMONIOS RECOGIDOS POR SÍLVIA MARTÍN Y MARTA FLORES

Stop y vuelta al mundo
Ana Palazuelos
El viaje que cambió mi vida, en verdad, no la cambió. Lo que varió fue mi realidad y mi forma de sentirla. El tiempo dejó de pasar volando y se detuvo día a día, minuto a minuto, durante el año que estuve dando la vuelta al mundo. tenía entonces 29 años. Esperaba grandes aventuras, peligros tal vez, quedarme para siempre en algún lugar remoto, encontrar una idea, un motivo al que dedicar todas mis energías.» «Cuando volví tenía la sensación de que era la misma persona que tomó la decisión de hacer un paréntesis en su rutina para conocer mundo, pero según ha ido pasando el tiempo, me he ido dando cuenta de que todo lo que viví y aprendí lo llevo conmigo en mi vida, la de siempre. Pero esa vida la vivo distinta. Descubrí que el mundo es uno, y yo parte de él. Qué privilegio. Y en este mismo planeta, aquí soy joven y en otra cultura, vieja; aquí mi vida vale mucho y en otros países, nada; aquí no tengo dinero pero en África soy millonaria; aquí me olvido de vivir el presente y allí es todo lo que tienen; aquí tengo muchos problemas imaginarios y allí tienen muchos, demasiados, reales.» «Acercándome a otras culturas y otra gente descubrí el enorme valor de lo desechable y la inutilidad de lo imprescindible, lo importantes que son las cosas que doy por sentadas y no valoro, lo afortunada que soy por tener la posibilidad de elegir, y que solo por ser blanca, con educación y respaldo económico tengo una situación de pri vilegio frente a millones de personas. Sin embargo, pienso que en África son más felices. Aprendí que podía vivir con el contenido de mi mochila y a no echar de menos nada, que la felicidad es la tranquilidad y que los grandes cambios son siempre los de dentro de una misma.»
«Ahora, cuando miro atrás, mi viaje vital se convierte en instantes fugaces. Recuerdo que conocí viajeros de todas las edades y nacionalidades, que tuve miedo, que sentí felicidad pero que también derramé lágrimas, que encontré la soledad y la compañía. Contemplé un eclipse total de sol, amaneceres, atardeceres y cielos estrellados. Se cruzaron en mi camino leones y monos, vi volcanes, desiertos y océanos, pero nada tan bonito como un bebé dormido a la espalda de su madre-niña mientras ella baila al ritmo de tambores; nada comparable al calor y la compañía que sentí a cada paso, nada tan alegre como las carcajadas en que estallaban, sin motivo aparente, hombres, mujeres y niños, ni tan tierno como los cientos de manos que se movieron al viento para decirme adiós desde todos los rincones del camino.» «Han pasado cinco años y, cuando miro atrás, me parece como si toda mi vida cupiera en un reloj de arena y siento deslizarse los días como motas de polvo. Sigo con mi vida de restauradora de arte, pero vivo con la realidad paralela de mi viaje pasado pegada a mi piel. Lo que más me tranquiliza es ver que Madrid, donde vivo cuando por mi trabajo no me he de desplazar de una punta a otra de España, se ha llenado de gente de todas las culturas. Cruzarme con ellos me hace sentir que mi viaje interior sigue, y que mi ciudad y mi país son una continuación de un mundo inmenso. Sé de dónde vienen, conozco sus casas, sus niños, sus vidas. Y confío en que el mundo se volverá poco a poco más justo.»