Norman Foster, diseñando un mundo mejor

A punto de recibir el premio Príncipe de Asturias, el arquitecto habla con Woman de su pasión por España y de su activismo medioambiental.

Marta R. Bosch/Isabel Loscertales

Apunto de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2009, Norman Foster puede presumir de ser un hombre que se ha hecho a sí mismo. Nacido en el seno de una familia pobre de los suburbios de Manchester se ha convertido en uno de los mejores arquitectos del mundo y su fortuna asciende a más de 300 millones de euros. A sus 75 años ha recibido el Oscar de la arquitectura –el Pritzker 1999– y ha sido reconocido con los títulos de Lord y Sir, pero en su mente hiperactiva no cabe el término jubilación. Deportista, con una imagen impecable y casado con una mujer 23 años menor, la psicóloga española Elena Ochoa, se mantiene joven y con las ideas muy claras.
Supongo que, además de todos los proyectos que tiene en nuestro país, su matrimonio con Elena Ochoa le ha acercado más a nuestra cultura. Este hecho, ¿ha cambiado su visión de esta?
Sí, aunque viajamos constantemente, disfruto mucho cuando pasamos un tiempo en Madrid. El apartamento y la oficina que tenemos allí nos tiran mucho tanto a mí como a mi familia. La luz mediterránea y los contrastes entre la vitalidad de las ciudades españolas y la belleza natural de vuestros paisajes han sido una constante fuente de inspiración para mí. Me siento afortunado por poder experimentarlos a través de nuestro trabajo en áreas muy diferentes. Justo ahora estamos trabajando en la estación de esquí de Cerler (Huesca) y en el legendario estadio del Camp Nou de Barcelona. Además, hemos completado otros proyectos como la galería Ivorypress Art+Books en Madrid.
Dicen que es infatigable, pero... ¿cómo se divierte Norman Foster cuando descansa de su trabajo?
Volar es una de mis pasiones y también disfruto esquiando o practicando ciclismo en el campo. Pero, por encima de todo, lo paso bien estando con mi mujer y la familia.
¿Cómo sería su casa ideal?
Transmitiría una gran sensación de espacio, aunque no fuera enorme en tamaño. Estaría llena de luz natural y tendría acceso a una terraza exterior. Además de espacios comunes, contaría con espacios suficientes para que cada miembro de la familia pudiera disfrutar su propia privacidad. Estaría cerca de parques, plazas sombreadas, cafés y restaurantes..., sin ruido de tráfico ni humos, un lugar ideal para pasear e ir en bicicleta.
En las dos últimas décadas, ha obtenido los títulos de Sir y Lord. ¿Qué significado real tienen para usted?
Aunque los premios y los honores nunca han sido mi motivación, por supuesto me complace recibir un reconocimiento público. Sin embargo, tengo la sensación de que uno siempre puede hacerlo mejor. De lo que me siento más afortunado es de poder abordar la sostenibilidad, de una manera integral, en muchos de mis últimos proyectos a gran escala, gracias a las nuevas tecnologías y a la mayor conciencia sobre la fragilidad del planeta.
¿Por qué decidió dedicarse a esto?
Siempre fui un apasionado de la arquitectura, incluso antes de saber que iba a ser arquitecto. Trabajando en Manchester, cuando era joven, pasaba cada minuto deambulando y mirando los edificios de mi ciudad. Conscientemente no pensaba: «Un día seré arquitecto, así que debo hacerlo». Simplemente me atraían por su estética. Algunos me parecían más bonitos que otros y yo gravitaba hacia ellos. Viajar y observar los edificios es tan importante para mí como cuando estaba en la escuela. En ese sentido, soy aún un estudiante.
¿Qué le recomendaría a un arquitecto que esté empezando ahora su carrera?
Para ser arquitecto tienes que ser antes un optimista. La necesidad de una arquitectura sostenible nunca había sido tan relevante, por lo que se precisan ideas frescas sobre esta cuestión de manera urgente. Incluso en estos tiempos difíciles, los jóvenes que están entusiasmados ante estos cambios, seguirán amando la profesión. Mi propia experiencia me dice que las penurias afilan tu ingenio y tu apetito.
A lo largo de su carrera, ¿dónde ha encontrado la inspiración para el diseño de sus proyectos?
En muchas fuentes: las vistas, la luz, el paisaje, el contexto histórico, el mundo de la naturaleza e, incluso, las máquinas y los aviones.
Desde que empezó a trabajar, en 1961, el mundo ha cambiado mucho. ¿Su manera de entender la arquitectura también ha cambiado tanto?
A pesar de todos los ‘ismos’ que se han vivido en 40 años, seguimos fieles a unos principios. En los 60 había una división entre la ‘arquitectura’ (como arte) y la ‘construcción’, algo que yo siempre rechacé: para mí, el diseño lo abarca todo. También hemos adquirido una mayor actitud ecológica. El tercer cambio más significativo se refiere a las herramientas de trabajo: cuando nos mudamos a nuestro estudio de Riverside, en 1990, ¡solo teníamos un puñado de ordenadores! Las nuevas tecnologías han cambiado nuestra profesión, pero hay que recordar que el ordenador, como el lápiz, es solo una herramienta más (aunque formidable), igual de buena que la persona que dibuja en ella.
Sus edificios se asocian a la tecnología y a lo industrial...
La buena arquitectura es un matrimonio entre arte y tecnología. Si miras la historia, la tecnología es solo un vehículo para la expresión artística: las pirámides, las catedrales, la torre Eiffel... Yo asocio mi trabajo a la voluntad de explorar nuevas soluciones y de traspasar límites, lo que llamo un proceso de ‘reinvención’. Pero la tecnología es solo el medio para llegar a un fin: la arquitectura se genera para cubrir las necesidades de la gente, tanto a nivel material como espiritual.
Promulga la densidad de las ciudades, ¿por qué es mejor que vivir en un barrio residencial?
Porque a mayor densidad urbana, menor consumo de energía. Pero las ciudades con alta densidad deben ser lugares agradables para vivir y trabajar, si no, no cumplen con su función central. De hecho, las zonas más deseables de sitios como Londres –Chelsea, Mayfair o Notting Hill– sirven de ejemplo. Lo mismo pasa con ciudades españolas como Madrid y Barcelona.