La vicuña: salvada por su lana

Una vicuña amenazada convertida en valiosa fuente de ingresos estables para campesinos peruanos. Un negocio de moda comprometida y con código ético.

Silvia Martín

A más de 4.000 kilómetros de altura, el paisaje es tan duro como la vida: salpicado de piedras y algo de pasto, con una carretera en perpetuo ascenso por la que los turistas pasan literalmente volando, y pequeños pueblos en los que solo se distingue un modesto bar, algún taller de reparación de coches, y pequeños puestos de artesanía.

El aire es limpísimo y gélido. Los campesinos de Lucanas y Pampa Galeras, en el altiplano peruano, se ganan la vida con pequeños cultivos, probando suerte con una minería de oro casi artesanal, y ahora con la vicuña.

Controlarla, esquilarla y hacer la primera manipulación de su carísimo pelaje (400 € el kilo) les ha cambiado la vida. No es fácil, pero es mejor. Por eso convierten el chaccu –la fiesta en que se esquilan– en una auténtica fiesta.

Llegan en autocares, en viejos coches o en motos. Viene toda la familia ataviada con sus mejores galas, con agua y fiambreras con pescado, caldo y fruta para comer después del ritual.

Suena la música. Antes de empezar el baile que ayudará a cercar a las vicuñas, nos explican que este camélido de ojos tiernos y enormes hace que los hombres tengan trabajo estable desde abril hasta noviembre y que las mujeres seleccionen la lana todo el año.

Hasta ayer por la noche, no logré comprender por qué la lana de vicuña era algo tan exclusivo. Hacía frío y me prestaron un jersey. Comprobé que era cierto que es diez veces más ligero que el mejor cachemir, que me abrigaba como si conociera mi cuerpo desde hacía tiempo. Era del color natural del animal –la fibra se puede oscurecer pero nunca aclarar–, y más cómodo que ostentoso. Acabé diciendo a todos: «¡Toca, toca!»

Esta mañana veo en directo cómo vive la vicuña. Es libre y necesita una hectárea de pasto por cabeza. Tres mujeres me dicen que se esquilan cada dos años y el capataz que dirige la captura apunta que de cada ejemplar se extraen, únicamente, ¡250 gramos! Se necesitan seis vicuñas para tejer el jersey que devolví ayer. Valía más de 2.000 €.