Yasmina Reza: contra los cuentos de hadas

La autora francesa, encumbrada con obras como “Arte” o “Un dios salvaje”, publica “Felices los felices”. Una novela afilada sobre el mundo de la pareja.

Antonio Lozano

Quizá por no permitir ser fotografiada, limitar los encuentros con la prensa, desprender elegancia, huir de compromisos o por todo ello, Reza se ha ganado fama de diva, fría y difícil, que no se corresponde con su actitud frente a Woman MF. «No me gusta hablar de mí, ni comentar mis libros y, claro, no es el mejor punto de partida para conceder una entrevista –declara– pero puedo ser muy profesional y extravertida.»

¿La idea de cuánto puede llegar a molestarnos la felicidad ajena fue uno de los motores de la novela?

Quería mostrar que existen parejas necesitadas de publicitar su éxito, igual que otras ansiosas por compartir su desgracia, pero, en realidad, nadie sabe qué ocurre en el interior de las mismas.

Muchos se le habrán acercado comentándole que la obra es desesperanzada respecto al amor.

No la considero en absoluto pesimista, porque los personajes no han dejado de creer en él.

¿No es, pues, una reacción frente a lo cargante que puede llegar a ser la literatura y el cine románticos?

Nos educan y nos llenan de cuentos de hadas en los que la felicidad es igual al amor, o al revés, un paradigma que nos graban en el cerebro cuando, con frecuencia, no tienen nada que ver.

¿Convivir es la muerte de la pareja?

Depende de lo que se espere de la vida en común. Hay personas que no saben vivir solas y prefieren la compañía a toda costa, aun si ello las aleja de sus sentimientos, y otras entusiasmadas de vivir con intensidad su soledad. Yo soy de las segundas.

¿Cuáles son los clichés sobre las diferencias entre hombres y mujeres que más le molestan?

Jamás me han interesado los clichés. Muchas veces, sin embargo, el estereotipo está justificado, es acertado. Nunca he pensado en términos de hombres y mujeres, solo en clave de personaje. Cuando escribo soy los dos, pienso como ambos y no presto atención a lo que nos diferencia. En Francia he tenido que oír cómo tildaban este libro de feminista, acusándome de tomar partido por las mujeres, lo que me dejó de piedra. Mi obra ni es feminista ni deja de serlo. Es una problema que no me planteo. En otras ocasiones, me han acusado de machista. Unos y otros tiene razón.

Alguna diferencia habrá percibido, aun superficial…

Las mujeres pueden hablar con la misma intensidad, seriedad y concentración de un par de zapatos que del cambio climático o de la existencia de Dios. Ellos son más cuadriculados, les falta juego de cintura para hablar de cosas intrascendentes con gravedad. Su escala de valores es diferente. Por lo demás, hablar de hombres y mujeres es una tontería.

¿Con qué visión de la felicidad ofrecida por un escritor o un pensador ha sentido mayor afinidad?

Por desgracia, no hay ningún escritor que admire que haya hablado bien de la felicidad. Los que más me han marcado y emocionado han tenido una visión melancólica del amor. A este respecto, existe una frase prodigiosa de Borges: «De cuantos defectos he tenido en mi vida, el peor de todos ha sido el no haber sabido ser un hombre feliz.»

Un comentario recurrente sobre su obra es su capacidad de penetrar en el alma humana. ¿Siente que con cada libro avanza un poco en la tarea?

En absoluto. Cada obra ni me acerca ni me aleja de la comprensión del género humano. Sería maravilloso que fuera así, pero en verdad no comprendemos nada. El escritor es como un pintor que tiene la capacidad de observar y retratar. Al escribir cogemos una fotografía que vemos con un ojo especial, desentrañando aspectos que quizá se nos escaparían en el ritmo normal de la vida. Extraemos el tiempo pero no para comprenderlo mejor. Es como escarbar con la esperanza de hallar algo que en el fondo sabes que nunca alcanzarás.

¿Le mueven las mismas razones para escribir que cuando empezó?

Al principio no sabes para qué escribes: para salvarte de la vida o para tener una forma de vida. Poco a poco, el motivo cambia porque cada vez eres más exigente con lo que haces y buscas algo nuevo.

¿Es perfeccionista?

Puedo reescribir una página o una frase cincuenta veces y, solo cuando siento que está perfecta, puedo avanzar. Sé de colegas que esperan a tener terminada la obra entera para corregirla de arriba a abajo, pero yo siempre lo hago sobre la marcha, de modo que, al alcanzar el final, está impecable.

¿Su imagen cuadra con su personalidad?

No soy consciente de qué imagen proyecto. De todas formas, recuerdo la sorpresa que me llevé cuando una señora polaca con quien pasé un día entero en Varsovia, me comentó: «Tengo que decirte que me ha asombrado lo simpática que eres, nada que ver con lo fría y arrogante que te habían pintado.» Debe de ser verdad que soy una persona distante y reservada, pero solo a causa de la necesidad que siento de protegerme un poco.