Mónica Molina

Afronta “A vida”, su cuarto disco, con una madurez que ensalza una música profunda, dulce y serena como ella.

Ester Aguado

En 1996, tras la muerte de su padre, el genial Antonio Molina, decidió empezar de nuevo. Seis años después de su primer disco –nominado a los Grammy latinos–, Mónica vuelve a apoyarse en las composiciones de su hermano Noel para presentar un trabajo sólido, con ritmos mediterráneos.
¿Lo de la música fue por casualidad o siempre lo has llevado dentro?
Estudié canto por puro placer. Intuía que era mi destino, pero soy muy cauta, y hasta que no llegó cierta madurez y tuve el convencimiento de que lo iba a poder defender bien, no abandoné mi carrera de actriz por la música.
¿Qué ha cambiado después de tres años sin grabar?
Aunque no he dejado de trabajar con Noel, he notado un cambio personal tras el nacimiento de Candela. Cuando tienes un hijo, todo toma sentido.
En vuestro último trabajo se aprecian influencias más pop...
Ha salido así. Siempre hemos seguido un camino propio, aunque bebamos de muchas fuentes.