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Meryl Streep o la representación de la madre "correcta" en el cine

Begoña Gómez Urzaiz publica 'Las abandonadoras', un libro que revela casos de maternidades atípicas

Noelia Murillo

Existen películas en las que sus protagonistas huyen de algo. De una situación incómoda, de una experiencia desoladora, de un lugar lleno de recuerdos, de alguien. Estas personas tienen el coraje de abandonar sus vidas y todo lo que ello conlleva (trabajos, familia, relaciones) para comenzar un camino por el autodescubrimiento y conocer cómo se enfrentan, sin la ayuda ni la compañía de nadie, a escenarios completamente nuevos para ellos.

No se trata tanto de querer olvidar algo y transformar su duelo, por una ruptura o por la muerte de alguien, en algo entretenido, sino todo lo contrario. Algunos de estos personajes, simplemente, quieren salir de la jaula invisible en la que creen vivir para sentir que pueden otras vidas, ser mejores personas o comenzar a valorar lo que tienen a su alrededor. Todo el mundo ha necesitado eso en alguna ocasión y, como no siempre ha tenido la valentía ni los medios para poder hacerlo, empatiza con quienes sí se atreven a dar ese salto.

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Películas como la premiadísima 'Nomadland', de Chloé Zhao, 'Hacia rutas salvajes', de Sean Penn o 'Alma Salvaje', de Jean-Marc Vallée son el claro reflejo de que lo destructivo (una crisis económica, la opresión de un sistema capitalista y materialista o una ruptura sentimental y una muerte reciente, respectivamente merece evolucionar hacia algo, al menos, estabilizador. Efectivamente, todos estos personajes abandonan algo y lo hacen porque pueden. Porque, ¿sería posible empatizar con estos personajes si tuviesen hijos y estos también se quedaran atrás?

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Sobre ello reflexiona Begoña Gómez Urzaiz en 'Las abandonadoras' (Destino, 2022), un libro en el que la autora reflexiona qué clase de madre puede abandonar a su hijo. Para poder dar respuesta a esta pregunta, la periodista recoge una serie de casos de mujeres que se han visto en la necesidad (económica, social, personal, etc.) de dejar una parte de ellas. Entre algunas de las protagonistas de sus páginas se encuentran Ingrid Bergman, Joni Mitchell, Doris Lessing, Muriel Spark o Vashti Bunyan.

Además de tratar casos reales, de mujeres que jamás sintieron apego o cariño por sus hijos, de las que nunca sintieron culpabilidad por priorizar sus intereses a los de sus criaturas o de las que las abandonaron para no lastrar sus carreras profesionales, la autora introduce la representación de la maternidad en el cine. Para ello, escoge a la actriz Meryl Streep, 'madre' por excelencia de la gran pantalla (de 'Mamma Mia! a 'Ricki', pasando por 'No es tan fácil') y las tres películas en las que se convierte en la madre correcta por definición.

KRAMER CONTRA KRAMER (1979)

La película por la que Meryl Streep ganó su primer Oscar fue una absoluta sorpresa en la sociedad de finales de los 70. Ya había concluido el movimiento 'hippie', con su reformulación de la familia tradicional y el nuevo paradigma del ser humano libre, pero parte de esa sociedad aún andaba muy lejos de lo que promulgaba. Y es que, en esta cinta, Joanna Kramer (Streep) abandonaba su vida, a su marido Ted (Dustin Hoffman) y a su hijo porque necesita tiempo y espacio.

En la cinta se refleja muy bien que da igual que una mujer se haya encargado de su hijo prácticamente sola y sin la ayuda de su compañero durante cinco años, porque si se va de eso, estará condenada para siempre. El hecho de que, durante 18 meses, veamos a Ted Kramer sufrir para no perder la cordura ante una ausencia tan sonada y, por ejemplo, perder el trabajo de su vida, genera una sensación de empatía con el personaje.

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No ocurre lo mismo, en cambio, con Joanna. Porque ella les abandona y no quiere saber nada de lo que ocurra en ese tiempo. El espectador se queda con que lo primero es ella, su bienestar, aunque en realidad parte de esa sensación deriva de una necesidad de estar bien para poder transmitírselo a su entorno y, lógicamente, a su hijo. El hecho de que al final de la película vuelva feliz, con un trabajo nuevo e, incluso, más guapa que al principio de la película, empeora las cosas.

Es entonces cuando parece que no tiene derecho a volver a estar con su hijo porque pesa más que le haya abandonado que el hecho de que su progenitor le abandonase antes durante el tiempo que no se hizo cargo de él. Simplemente, porque ella es la madre. Por eso, no gusta que, tras su respiro vital, quiera quedarse con la custodia y, aunque lo consigue, se considera lo lógico que finalmente renuncie a ella por su hijo. Entonces, sí que renuncia a sus prioridades, lo que Urzaiz considera que es una forma de retener "la esencia de la maternidad tradicional".

LA DECISIÓN DE SOPHIE (1982)

La primera definición de madre-que-hace-lo-que-debe-hacer que propone la autora es la que representa la actriz estadounidense en 'La decisión de Sophie' (1982), uno de los dramas más lacrimógenos y reconocidos del cine de Meryl Streep. En ella, interpreta a Sophie Zawistowska, una emigrante polaca y católica que oculta un oscuro pasado. En realidad, esta superviviente del Holocausto perdió a sus dos hijos, en parte, por lo que ella cree que fue su culpa.

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Porque, recién llegada al campo de concentración del que cree que jamás podrá salir, le obligar a decidir con qué hijo quedarse. El niño, Jan, o la niña, Eva. Si no lo hace, los nazis acabarían con la vida de ambos. Ella escoge al niño y, sin explicación alguna en la película del motivo por el que lo hace, directamente se condena. Los dos pequeños terminan muriendo y ella, años después, se suicida. No solo se siente culpable por algo en lo que no podía intervenir, sino que, además, cree que lo justo es que ella tampoco deba vivir.

LOS PUENTES DE MADISON (1995)

Francesca Johnson, la protagonista de esta historia, más que un respiro en su vida, necesita transformarla por completo para sentirse viva. Esta ama de casa vive en la granja, con su marido y sus dos hijos, una forma de vida con la que, aparentemente, está feliz y satisfecha. Nada más lejos de la realidad: deseaba haber tenido una vida distinta, haber sido maestra y haber viajado por todo el mundo. 

Cuando aparece en escena Robert Kincaid (Clint Eastwood), un fotógrafo del National Geographic con las mismas inquietudes y con ganas de no abandonar este mundo sin haberlo experimentado todo, Francesca se da cuenta de todo lo que podría haber hecho y no hizo por ser esposa y madre. Entre ellos surge una pasión descontrolada que va mucho más allá de los famosos puentes del condado de Madison (Iowa) que dan título a esta película. En apenas unos días se concentra una historia de vidas no vividas que podrían tener una oportunidad.

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A pesar de que Francesca es infinitamente más feliz con Robert en unas horas que con su marido en años, esta madre de familia decide renunciar y quedarse viviendo en la misma rutina monótona y desgastada en la que habita desde hace mucho tiempo. A pesar de que demuestra querer cambiarlo (ninguna escena podrá superar la del coche aquel día lluvioso), opta por ser una madre ejemplar y quedarse, en beneficio de esos pobres niños que jamás habrían comprendido por qué su madre se fue con otro hombre. "Se deduce que la única manera de ganar en esto de ser madre es perdiendo", concluye la autora.