La obsesión de Von Trier

Después de “Dogville” llega “Manderlay”, una nueva bofetada del danés a la sociedad americana.

SERGI SÁNCHEZ

En la primera parte de su trilogía americana, la célebre “Dogville”, Grace (interpretada por Nicole Kidman), era humillada por los habitantes de un pueblo que convertían la doble moral en el implacable látigo fustigador del libre albedrío. En “Manderlay”, su secuela, Grace (a la que da vida ahora la actriz Bryce Dallas Howard después de que Nicole se echara atrás en el último momento) llega a una finca con el nombre de la mansión de Rebeca de Winter –que inmortalizara Hitchcock en su famoso melodrama gótico–, y allí descubre que la esclavitud, en plena década de los años treinta, aún no ha sido abolida. Y ya tenemos a Lars von Trier poniendo sobre la mesa el racismo de una sociedad que, según él, amenaza al mundo.

En “Manderlay”, el realizador danés sigue con su original puesta en escena de planteamiento brechtian el filme se divide en capítulos, como un cuento moral guiado por la voz en off de John Hurt, y se desarrolla en un plató donde las costuras de los decorados nos obligan a imaginar la arquitectura que sostiene una historia que pone a prueba nuestro sentido de la responsabilidad.

La polémica está servida. Igual que ocurrió con “Dogville”, el estreno de “Manderlay”, que también cuenta en el reparto con Willem Dafoe, Danny Glover y Lauren Bacall, escandalizó a la crítica estadounidense más reaccionaria, que cuestiona el dogmatismo de un cineasta que parece obsesionado en cantar las cuarenta a todo un país desde una postura un tanto altiva, arrogante y megalómana. ¿Está Lars von Trier preparado para dictar sentencia, es el artista más indicado para decir lo que está bien y lo que está mal? Tal vez le ha llegado la hora de relajarse un poquit ha declarado que aún no ha alcanzado el grado suficiente de madurez para enfrentarse al episodio final de la trilogía que, sin embargo, ya tiene títul “Washington”.