Javier Cercas. El intelectual superventas

Parecía llamado a ser un escritor de minorías selectas, pero “Soldados de Salamina” le convirtió en un celebridad. Ahora, con “Antomía de un instante” sigue su racha de bestsellers.

Antonio Lozano

Temas tan espinosos como la Guerra Civil o el asalto al Congreso de los Diputados encabezado por Tejero no encajan con la idea que tenemos de un bestseller, pero Javier Cercas ha conseguido que medio país reflexione sobre ellos sin renunciar a una lectura cargada de emoción, tensión, perspicacia y ritmo. Y ello porque su verdadero interés no está en despejar interrogantes políticos o entrar en debates históricos, sino en entender la naturaleza humana sometida a situaciones de conflicto extremo, así como explorar el diálogo entre realidad y ficción. Abandonada ya su residencia en Girona y sus responsabilidades como profesor de Literatura Española en su universidad, ahora el escritor se encierra a diario en su estudio barcelonés a trabajar como un poseso: si no escribiera se moriría en dos días. Es un hombre familiar, un conversador apasionado y un tipo encantador, que todavía no acaba de explicarse qué demonios ha visto en él la gente.
¿Qué hubiese pensado el Cercas niño si le hubiesen dicho que de adulto se ganaría el pan tecleando historias?
El Cercas niño era un descerebrado –el mayor, me temo, no ha mejorado demasiado–, así que si alguien le hubiese dicho eso hubiera pensado que quien se lo decía era todavía más descerebrado que él. Ahora bien, recuerdo que un día un hermano marista nos dijo que los escritores se pasaban todo el día en su casa, imaginando historias en el sofá y bebiendo cocacolas; la verdad: me pareció el mejor oficio del mundo (sobra decir que por el sofá y por las cocacolas). Por lo demás, me alegra confirmar que el hermano marista no andaba muy desencaminado...
¿Cómo es un día normal de trabajo para Javier Cercas?
Aburridísimo y divertidísimo a la vez. Me levanto a las 6:30 de la mañana, voy con mi hijo al colegio, llego a mi despacho a las 8 y de ahí, salvo para comer, no me muevo hasta que a las 7:30 o las 8 de la tarde regreso a mi casa. Los días en que me desmadro voy a jugar al tenis con mi hijo por la tarde; pero no son muchos, porque últimamente mi hijo me gana y eso, la verdad, no me gusta nada.
Se habla siempre de lo complejo que es para la mujer conciliar trabajo y familia, ¿pero de qué modo se las apaña un escritor a tiempo completo?
Mi trabajo es lo que más me gusta en el mundo, después de mi hijo y de mi mujer: la pregunta no es cómo concilio una cosa y otra, sino cómo me aguantan ellos a mí. No tengo una respuesta.
¿Cómo consigues que el éxito no se te suba a la cabeza?
¿Quién te dijo que no se me ha subido a la cabeza?
‘Anatomía de un instante’ se ha convertido de inmediato en un bestseller, cuando tus libros no están concebidos como superventas. ¿Cómo te explicas esta conexión, a priori contranatural, con el gran público?
No me la explico. Como cualquier escritor que se respete a sí mismo –y que no esté dispuesto a malgastar el tiempo–, yo escribo lo que me sale de las tripas: me alegra saber que hay gente a la que le gusta lo que escribo, pero si no le gustara a nadie, seguiría escribiéndolo. Escribía cuando nadie me leía y sigo haciéndolo cuando la gente me lee. No sé hacer otra cosa. Supongo que es un vicio. Igual es que no he escrito nada que me satisfaga por completo y sigo intentándolo. A lo mejor el día en que lo consiga dejaré de escribir. No sé.
Es una convicción arraigada el que los jóvenes se desentienden de la política, pero seguro que muchos están ahora devorando tus páginas sobre el 23-F. ¿Es hora de acabar con el cliché?
Si me preguntas cuál es el lector ideal de este libro, te contestaré que un tipo de entre 18 y 20 años, a ser posible punk o como mínimo rockero, que dice que la política se la sopla y a quien se la soplan todavía más el 23 de febrero y la transición. Cuando yo tenía 18 ó 20 años también era rockero –lo sigo siendo, aunque ya solo ejerzo en mi casa– y también fingía que la política me la soplaba. Si consiguiera que este tipo leyera el libro en un tirón y en un par de días, sería el hombre más feliz del mundo; si lo coge y no termina de leerlo, me sentiré un fracasado. Debo decir que en algún momento pensé titular el libro ‘Heavy metal’; todavía me gusta ese título.