La escritora Irene Vallejo. | Jorge Fuembuena

Irene Vallejo: "'El infinito en un junco' es un relato de aventuras, un cuento de cuentos"

El ensayo de Irene Vallejo, 'El infinito en un junco' (Siruela), ha logrado ser superventas, ganar el Premio Nacional -entre otros muchos galardones- y obtener una ovación unánime por cómo narra la historia de los libros. Te los hace amar con locura. La escritora será la pregonera de Sant Jordi en Barcelona.

Isabel Loscertales | Woman.es

¿Por qué decides escribir un ensayo como este, en el que cuentas la historia de los libros en el mundo antiguo?
Cuando me embarqué en la escritura de "El infinito en un junco", atravesábamos un momento de pesimismo y discursos apocalípticos sobre el futuro de los libros. Una y otra vez nos repetían que la crisis, el éxito de las pantallas y las nuevas formas de ocio estaban hiriendo de muerte la lectura. Después de años investigando acerca del origen del libro, sentí que ahí existía una historia por contar: la aventura del libro como superviviente milenario. Este ensayo nació del deseo de relatar todos los peligros, los saqueos, las epidemias y los incendios a los que han tenido que hacer frente. Y, sin embargo, tres mil años después de su invención, estos pequeños y frágiles cofres de palabras siguen formando parte de nuestras vidas. Al empezar las primeras páginas este libro, vivía una época personal difícil, y me adentré en su escritura buscando un rincón sosegado, una rendija para la esperanza. Quería dedicar mi tiempo de trabajo, mi proyecto más personal, a investigar una historia de salvación, de amor al conocimiento y de logros colectivos. Quizá por ese motivo, en estos tiempos de miedos e incertidumbres, mucha gente ha encontrado un consuelo, cierto alivio, en su lectura. 
 
“El infinito en un junco” se ha convertido en un superventas y acumula premios cuyo summum ha sido el Premio Nacional de Ensayo 2020. Gozar de tanto éxito no es algo frecuente en un ensayo, ¿a qué crees que es debido?
Desde el principio, tuve muy claro que quería emprender este viaje al origen de los libros huyendo del tono frío y distanciado del ensayo academicista. Mi intención fue plantear la estructura como un relato de aventuras, un cuento de cuentos, a la manera de Sherezade. Paradójicamente, intenté escribir las asombrosas peripecias de los salvadores de libros con la pasión de los cuentacuentos y las narradoras orales. Quería probar que en un libro de no ficción caben el suspense, el humor, los recuerdos personales y el lirismo. Me planteé el reto de despertar la curiosidad hacia un objeto cotidiano que, contra todo pronóstico, ha sobrevivido para cambiar el mundo. Forma parte de una reivindicación de lo cercano, lo que pasa desapercibido ante nuestros ojos. Detrás de las cosas aparentemente más sencillas y cotidianas, se ocultan grandes historias.

Portada del ensayo "El infinito en un junco" (Siruela) | Cortesía de Siruela

Tus lectores seguro que te han hecho llegar sus impresiones, ¿cuál de las aventuras librescas de tu obra les ha llegado especialmente?
Tal vez, uno de los asuntos que más ha llamado la atención es la reivindicación del papel intelectual de las mujeres. "El infinito en un junco" es una historia del conocimiento, plagada de riesgos, viajes e inventos, donde las mujeres no son una simple nota al pie, un epígrafe al final del capítulo, sino protagonistas de la aventura, heroínas valientes que –junto a tantos hombres, por supuesto–, han defendido los libros frente a la destrucción y el olvido. Las peripecias de Enheduanna –la primera persona conocida que firma un texto literario fue esta sacerdotisa acadia–, Aspasia, Hipatia, Anna Ajmátova, María Moliner o las bibliotecarias a caballo de Kentucky, son quizá algunos de los fragmentos más señalados por los lectores. A lo largo de los siglos, muchas mujeres han quedado silenciadas, a la sombra del anonimato, pero estoy segura de que ellas, junto a los hombres que figuran en los libros de historia, son los auténticos héroes de esta lucha por salvar nuestras mejores historias, nuestras mejores ideas.
 
El relato de la Biblioteca de Alejandría es fascinante, ¿qué importancia tiene para nuestra Historia?
La mítica Biblioteca de Alejandría fue el lugar donde, por primera vez, se soñó con reunir todos los libros del mundo. Era un proyecto loco y maravilloso: concentrar en un edificio la totalidad de la sabiduría conocida, y ponerla al alcance de cualquier mente curiosa por aprender, cualquier que fuera su lugar de procedencia. Para lograr este empeño titánico, enviaron mensajeros hasta tierras lejanísimas. Recogieron las mejores obras de los egipcios, persas, judíos, indios y las tradujeron al griego, iniciando un diálogo entre lenguas y culturas que ya nunca ha enmudecido. Del sueño alejandrino hemos recibido un legado tremendamente valioso, que incluye la fascinación por el saber y la cultura, una curiosidad insaciable hacia el diferente o el extranjero, la conversación enriquecedora entre diversas concepciones del mundo, el fenómeno asombroso de la traducción. Además, su herencia sigue siendo absolutamente vigente. Por un lado, puso las semillas de un proyecto tan contemporáneo como Internet, sucesor virtual y etéreo del esfuerzo por acoger todo el conocimiento y hacerlo accesible. Por otro, el brillo de Alejandría sobrevive en nuestras bibliotecas de los barrios, de los colegios e institutos, del mundo rural. En cada pequeña biblioteca hay personas que trabajan con la ilusión de poner en manos de la gente las llaves del conocimiento. Esa labor escondida tiene un valor inmenso, allí nos jugamos buena parte de nuestro futuro.
 
¿Por qué lo has titulado “El infinito en un junco”?
Los juncos de papiro son una planta humilde, pero flexible y resistente. Desde el lejano Egipto, las antiguas civilizaciones confiaron a este soporte tan frágil nuestras infinitas ideas, historias, emociones. Como cuento en el ensayo, el primer libro de la historia nació cuando las palabras, apenas aire escrito, encontraron cobijo en la médula de esta planta acuática. Y, frente a sus antepasados inertes y rígidos –la piedra, el bronce, la arcilla–, el libro fue desde el principio un objeto flexible, ligero, preparado para el viaje y la aventura.

¿Cuál es tu libro clásico de cabecera?
Mi amor por la literatura empezó, allá en la infancia, cuando mis padres me contaban cuentos antes de dormir. Sin duda, la historia que más me deslumbró fue la Odisea. Un relato de viajes trenzado con fantasías, recuerdos, pruebas, nostalgia, valor, erotismo, magia, mares inexplorados y un maravilloso elenco de personajes femeninos. Desde entonces, Circe, Calipso, Penélope, Nausicaa o Atenea me han acompañado en este viaje extraño y desconcertante de la vida.
 
¿Qué mujeres escritoras se encuentran entre tus referentes?
Infinitas. Del pasado clásico, rescataría sin duda a Safo y a Aspasia, que compuso los discursos políticos de Pericles. Más cercanas a nosotras, Christine de Pizan, María de Zayas, Natalia Ginzburg, Carmen Martín Gaite o Ana María Matute. En la poesía vuelvo una y otra vez a Wislawa Szymborska y Anne Carson. En el ensayo, me fascinan Siri Husvedt y Amelia Valcárcel. Siento también como referentes y maestras contemporáneas a escritoras asombrosas como Rosa Montero, Nuria Labari, Marta Sanz o Sara Mesa. En Latinoamérica ha surgido una maravillosa corriente de voces femeninas, entre ellas Leila Guerriero, Valeria Luiselli o Socorro Venegas. Pero insisto: la lista es interminable y crece cada día. Hay un horizonte cada vez más prometedor para las jóvenes que ahora están aprendiendo a creer en su talento, las que nos deslumbrarán dentro de unos años, en ese porvenir abierto que ahora solo somos capaces de atisbar.