En el backstage con Alejandro Sanz

El cantante nos abrió las puertas –de atrás– de uno de sus conciertos. Entramos en su camerino, estuvimos en la prueba de sonido y experimentamos en primera persona cómo se aceleran los corazones justo antes de pisar el escenario. Súbete al tren de la pura adrenalina.

Marta Flores

Son las siete menos cuarto de la tarde cuando Alejandro llega al estadio de La Rosaleda de Málaga, acompañado de su inseparable Raquel Perera que, durante el viaje que iniciamos en este backstage, hace las veces de asistente personal y de novia sufrida del cantante (hoy su pareja va a enfrentarse a 20.000 fans). Al bajar del coche le estamos esperando junto a su camerino. Al verme, Sanz me regala su primer beso y abrazo de la tarde, gesto que repetirá con todas y cada una de las personas que se encuentra a su paso hasta llegar al escenario, donde sus músicos le esperan para la prueba de sonido. Lleva la gorra y la casaca caquis, que le caracterizan desde que publicara ‘No es lo mismo’, el disco con el que cambió su look de niño bueno por el de artista guerrero y comprometido. Si una imagen vale más que mil palabras, diríamos que Alejandro se siente seguro de sí mismo, y eso que hace unas semanas en la prensa tan solo se hablaba de sus altibajos emocionales.

Los pasajeros de la gira ‘El tren de los momentos’ son muchos: 14 músicos en escena, 66 miembros de staff y 120 personas contratadas en cada estación. Teniendo en cuenta que Alejandro acaba de ‘darse’ una baja por estrés, se nos antoja demasiada responsabilidad: «¿No son muchos viajeros para un solo maquinista?» «No, mujer... Le echo más carbón y la máquina sigue funcionando. Estoy acostumbrado a vivir bajo presión y precisamente, no es esta clase de presión la que me produce efectos secundarios, sino otra. La gente con la que trabajo es como de la familia, hay muy buen ambiente.» Se nota, en la ilusión con la que habla, que tenía ganas de volver a pisar las tablas y enfrentarse al público: «Ahora soy más fuerte, después de un bache siempre sales reforzado. Pero es cierto que parar una gira es complicado: hay mucho dinero invertido y un gran equipo que ha trabajado para que esto saliera bien.»

En la intimidad
Tras afinar las cuerdas de su guitarra, el cantante de Moratalaz se adentra en su camerino. Alejandro exige que, a pesar de la movilidad que conlleva una gira, este espacio respete cierta unidad, por eso una persona del staff se encarga de decorarlo allí donde va: «Necesito crear un buen clima en el que relajarme y sentirme cómodo; no me gusta que cada lugar sea de su padre y de su madre.» La estancia imita a una haima, tipo chill out, con muebles y lámparas de estilo marroquí y muchas velas e incienso. También está colgada la ropa –de las firmas Hugo Boss y G-Star– que se pondrá durante el concierto y que hace tan solo unos minutos le ha traído una estilista.

Sentados en un cómodo sofá, lanzo la primera pregunta: «Nunca concedes entrevistas durante tus giras. ¿Por qué has permitido que entráramos en este rincón tan personal?» Alejandro se ríe y dice: «¡Mujer! ¡Porque sois los más guapos! (ríe)–y añade, en tono más serio–. Y porque siempre ha habido muy buen rollo entre nosotros, ¿no crees?» Cuesta creer que alguien no tenga una buena conexión con el músico –un tipo afable, generoso y bromista, aunque con ciertas dosis de timidez–, pero se agradece el halago.

Hace un año, visitamos al músico en su casa de Miami, con motivo de la presentación de su último disco, ‘El tren de los momentos’. ¿Cómo habrá madurado ese trabajo desde entonces?: «Se ha hecho mayor con mucho arte y ha cumplido todas mis expectativas. Se ha vuelto más sólido con el tiempo. En directo tiene mucho gancho y los músicos lo disfrutan a tope.»

Antes de comprobarlo, Alejandro tiene que hacer sus ejercicios de voz y cenar: «No soy raro pidiendo cosas. ¡Fíjate! Hoy toca cervecita con tortilla de papas y jamón... No soy nada excéntrico. Es una pena, porque me hubiera gustado serlo más para dar un poco más juego, para que no piensen que soy un artistilla cualquiera (ríe).»

Fuera, a las ocho y media en punto, la organización abre las puertas del estadio malagueño y cientos de fans corren como locos para coger sitio en primera fila. Visto de cerca, tanta histeria da un poco de respeto; satisfacer a toda esa multitud no debe de ser un reto fácil, pero Sanz no tiene miedo: «Confío mucho en lo que voy a hacer ahí encima porque es-lo-que-sé-hacer, pero es inevitable no sentir algo de nerviosismo porque sabes que no te puedes permitir el lujo de defraudar a las personas que te han venido a ver.»

Desde el camerino, Alejandro escucha cómo el gentío corea su nombre. La tensión aumenta. Llega la hora de la verdad, pero antes el artista se reúne con su banda: «Les digo siempre lo mismo, que sé que me quieren (ríe), pero que no se trata de mí, sino de ellos. Que se miren el ombligo y salgan a disfrutar y que se porten bien con el público que se ha molestado en pagar una entrada para ver nuestro concierto.»

Solo una cosa más antes de salir a la plaza: los amuletos. «Soy muy supersticioso; llevo pulseras que me ha regalado mi hija, un Cristo del Gran Poder, un mandala... El problema es que como la vida me va bien, pienso que es gracias a estos objetos y no me los quito; los acumulo –damos fe de ello–. Cualquier día me veis como las masai, con todos los collares al cuello (ríe).»

Preparados, listos, ¡ya!
Son las diez menos cuarto: quedan quince minutos para que Alejandro se coloque ante el micrófono. Sin duda, son los momentos más emocionantes de esta aventura. En el backstage, los instrumentos se afinan, confundiéndose trompetas con trombones; las chicas del coro ponen a punto sus voces con ejercicios de canto y respiración; el equipo de seguridad –con el ímpetu que le ha caracterizado durante toda la tarde– despeja las escaleras y el recorrido hasta el escenario. El cantante sale de su camerino y todo el séquito –incluidos nosotros– nos dirigimos a las tablas a paso militar. El estadio está completamente a oscuras y los gritos de los fans aumentan hasta el punto de que las pulsaciones se nos aceleran como si fuéramos nosotros los que tuviéramos que cantar. Por fin, el cantante aparece al otro lado y saltan miles de flashes de cámaras digitales. «¡Málaga, escucha mi maquinita musical!», dice Sanz, y el público se entrega y se deshace desde la primera canción hasta la última.

Ver un concierto de Alejandro desde la parte de atrás es una gran paradoja. A pesar de los 250.000 watios de luz, de los 120.000 de sonido, y de los 48 m2 de pantallas de vídeo gigantes, una siente que el cantante la ha dejado entrar en su coto privado. A veces, incluso da la sensación de que los temas se estén interpretando en ‘petit comité’, a pelo, con guitarra y voz. Y es que él apuesta siempre por la cercanía: «Sobre el escenario me gusta mirar a la gente, fijarme en ella, en sus expresiones. Hay que recordarles continuamente que les estás viendo. Siento que he de acercarme lo más posible, eso es fundamental para mí. Y, sí: a muchos les veo las caras y me quedo con ellas.» Tras dos horas, el espectáculo acaba y el cantante se retira eufórico a su camerino, acompañado por una gran multitud. Unas cincuenta personas, entre amigos y familiares, se arremolinan en la puerta para felicitarlo. Al maquinista todavía le queda mucho carbón que quemar.

Por qué tiene gancho
Todos conocen sus canciones. Las más coreadas: ‘Quisiera ser’, ‘Te lo agradezco, pero no’ y... ¡claro! ‘Corazón partío’. También sabe ganarse al público. Alejandro sacó la camiseta del Málaga Club de Fútbol para agradecer la entrega y fidelidad de sus fans.