Los guardianes de 'El juego del calamar', con sus característicos monos y máscaras.  | Netflix

¿Aún no has visto ‘El juego del calamar’? Cinco razones para lanzarte (y dos para decir: "No, gracias")

Este survival drama coreano es ya la serie más vista de la historia de Netflix, y su popularidad solo es comparable a su potencial para la polémica. Si aún no te has animado a verla, te damos cinco buenas razones para unirte a los fans del cefalópodo... y otras dos para seguir negándote. 

Rosa Gil

‘El juego del calamar’ acaba de anunciar que habrá segunda temporada y los 143 millones de espectadores enganchados al triángulo, círculo, cuadrado están ya de los nervios. La serie más vista de la historia de Netflix -456 coreanos desesperados participan en un morboso espectáculo en el que los juegos de su niñez se convierten en competiciones mortales- se ha convertido en un fenómeno social sin precedentes. Sus protagonistas han ascendido al grado de celebrities (Jung Ho-Yeon, el principal personaje femenino, es ya imagen de Louis Vuitton), las zapatillas Vans que llevan los concursantes están agotadísimas y han surgido encendidos debates sobre si es un survival drama sin más o una crítica al capitalismo tan enrevesada como sangrienta. Si aún no la has visto (creemos que hay un señor en Abjasia que tampoco), aquí tienes cinco razones para empezar ya mismo… y también dos de bastante peso para dejarla pasar y esperar, con paz en tu corazón, a que se estrene la segunda temporada de ‘Los Bridgerton’.

Gi-hon, protagonista de 'El juego del calamar', con otros personajes de esta serie coreana de Netflix. | Netflix

1. Los personajes adictivos. No hay ficción que aguante el tipo con personajes insulsos o mal construidos, sea ciencia ficción espacial o fantasía erótica (aún no te hemos perdonado, '50 sombras de Grey'). Y ‘El juego del calamar’ juega bien sus cartas. El protagonista, Gi-Hon, es un personaje capaz de robar a su madre, gastarse el dinero que no tiene en apuestas hípicas, fallarle a su hija y gestionar mal casi cada aspecto de su vida; pero con un fondo de dignidad irreductible (ese rechazo del dinero que necesita porque implica la renuncia a su hija) y, sobre todo, una empatía que le convierte en el preferido de nuestro corazón, desde que alimenta a un gato callejero hasta que decide proteger al concursante más débil. Pero Gi-Hon no es el único personaje que nos toca la patata. El analítico Sang-Woo, que ha cometido un fraude millonario en inversiones, no elige entrar en el juego para evitar la cárcel, sino para que su madre no pierda su tenderete de pescado; Sae-Byeok, la ladronzuela, es en realidad una refugiada del Norte que necesita rescatar a su hermano pequeño y a su madre, del orfanato y de la dictadura comunista, respectivamente; y el inmigrante Alí es una buena persona víctima de su propia ingenuidad, que salva a nuestro Gi-Hon de morir en el primer juego. Todos ellos son perdedores de manual, algo que psicológicamente nos permite refocilarnos un poco en nuestra desgracia y consolarnos porque no estamos tan mal como ellos. No es extraño que, como los concursantes, nosotros también decidamos volver al juego del calamar. 

2. La perversión de la infancia. Las canicas, el escondite inglés, la soga-tira… son juegos que practican niños de todo el mundo... al igual que las conductas que se crean en torno a ellos: los matones, los amigos inseparables, los que ayudan a los débiles, los que se aprovechan de los puntos fuertes de los demás para después dejarlos tirados, los que suplican, los que tiranizan… La niñez, nos dice 'El juego del calamar', es el infierno, un escenario cruel, preámbulo y alegoría de las derrotas y soledades que vivimos en la edad adulta. Sí, los coreanos no parecen gente muy alegre, pero como premisa de una serie, lo reconocemos, resulta fascinante. 

3. La gamificación de la supervivencia. ‘Los juegos del hambre’, ‘Battle Royale’, ‘El corredor en el laberinto’… Las tramas “solo puede quedar uno, pero hagamos de la muerte de los demás un espectáculo inolvidable” activan algún oscuro centro de placer de nuestro cerebro. Esto es algo que ya sabían los romanos que asistían a las luchas de gladiadores: apostar por un favorito, taparse la cara en las escenas más espantosas  sin dejar de mirar entre los dedos, sabernos a salvo del horror que les sucede a otros… La fórmula, por inmoral que sea, engancha. 

Dos de los protagonistas de la serie coreana 'El juego del calamar', la más vista en la historia de Netflix. | Netflix

4. Los detalles ocultos. Las pistas sobre el destino de los jugadores, la identidad del ganador o los retos que esperan a los concursantes están ahí para el espectador atento que sepa encontrarlos. Una sin spoilers: los juegos a los que van a jugar están, literalmente, dibujados en las paredes del dormitorio, desde el primer capítulo, y a medida que los jugadores, y sus literas, empiezan a desaparecer, se van haciendo más evidentes. Hay muchos más: las muertes de los personajes más importantes están “profetizadas” desde el principio (sobre todo en el episodio 2), los números de los jugadores son importantes, la verdadera identidad de uno de los personajes está ahí para quien quiera verla (con ojos de robot, especialmente)... En resumen: hay otro juego del calamar basado en la agudeza visual y el cerebro despierto y todos estamos invitados a jugar. 

5. La crítica social. ¿Es ‘El juego del calamar’ una crítica al capitalismo salvaje? Indudablemente. Y si coincides con los organizadores del juego, que sostienen que así dan una oportunidad a 456 personas desesperadas, háztelo mirar. El momento más lacerante de la serie no son las matanzas, ni las traiciones, ni los sacrificios dolorosos: está en el segundo capítulo, cuando los supervivientes de la primera prueba deciden dar por terminado el juego, tras ver cómo las gastan los enmascarados del mono rojo, vuelven a sus casas… y al ver el panorama que les espera allí, deciden volver, esta vez sabiendo exactamente a qué están jugando. Es el mercado, amigos. Y, si nos quedaba alguna duda sobre la intención crítica de la serie, debería despejarse por completo cuando descubrimos que el objetivo de todo este montaje es divertir a un grupo de multimillonarios, tan estereotipados (puros, batines y acoso sexual al servicio) que darían risa si no fueran los dueños de nuestro destino. Y todo esto, en Corea, el país capitalista por antonomasia, donde la competencia es tan brutal como los niveles de endeudamiento y las tasas de suicidio.

Hasta aquí, las razones que harán que 'El juego del calamar' te resulte fascinante. Pero también hay motivos para dar un paso atrás y negarte a entrar en su juego. Sobre todo dos:

Ji-Yeong y Sae-byeok, dos de los personajes femeninos de la serie coreana 'El juego del calamar' (Netflix) | Netflix

1. Las chicas no son guerreras. Los roles de género de la serie son más viejunos que los juegos del concurso: sí, amigas, el juego del calamar es un juego de señoros. Solo hay tres personajes femeninos relevantes: Sae-Byeok, Mi-Nyeo y Ji-Yeong. Aunque Sae-Byeok se nos presente como un personaje fuerte, capaz de enfrentarse al terrorífico mafioso Deok-Su y reptar por los conductos de ventilación para conseguir información privilegiada, su personalidad se va apagando capítulo tras capítulo, hasta convertirse en una sombra sumisa de sí misma. Mi-Nyeo, la emperatriz choni de los chandaleros de verde, chilla mucho, pero se ciñe a su papel de arpía inmemorial: intenta asegurar su supervivencia acostándose con el líder de la manada, llora, suplica y miente cuando se ve en peligro, bravuconea cuando gana y, en general, se comporta como una bruja verdulera hasta su (vertiginoso) final. En cuanto a la tercera mujer en discordia, Ji-Yeong, parece incluida en el guion solo para dar la oportunidad a Sae-Byeok de compartir una escena con otro personaje femenino y conversar con ella a corazón abierto (que no se diga que no cumplimos el test de Bechdel). Ninguna de las tres aporta capital ganador al equipo protagonista: ni estrategia, ni inteligencia, ni fuerza bruta. Solo emociones. Pues vale. 

2. ¿Quién quiere pasarlo tan mal? Al hilo de la polémica pre-Halloween, cuando muchos profesores se quejaron de que niños de corta edad estaban viendo ‘El juego del calamar’, nos preguntamos: ¿qué podían ver en una serie como esta? Aparte de su indudable calificación para mayores de 16 años y su violencia explícita, es una serie fúnebre como pocas, sin alivio cómico ni apenas rayito de esperanza. En ‘El juego del calamar’ encontrarás personajes llenos de conflictos, tensión sexual resuelta y no resuelta, giros de guion sorprendentes… pero no risas. Nunca, nunca risas. Los personajes están entre la espada y la pared: o siguen con sus existencias abocadas a la catástrofe o se juegan la vida a una oportunidad contra 456. Spoiler: para 455 personajes no sale bien.