Cruzada por amor

El rey de la novela histórica cierra su trilogía con un fascinante relato de espionaje, pasión, viajes y aventuras en el siglo XVI.

Laura Gamundí

Investigador, narrador, sacerdote, ex juez… Jesús Sánchez Adalid ha absorbido toda clase de experiencias, y se nota. Gracias a la riqueza de matices de su obra, a su sabia mezcla de entretenimiento y rigor, hoy figura en el Olimpo de los grandes de la novela histórica, género estrella de nuestra época. Lleva ya nueve títulos publicados y se ha alzado con premios como el Fernando Lara por ‘El alma de la ciudad’. Con ‘El caballero de Alcántara’ (Ed. B), completa la trilogía iniciada con ‘El cautivo’ y ‘La sublime puerta’.

¿Recuerda cuándo decidió ser escritor?
Para mí, lo de la escritura es un misterio. Yo soy un escritor tardío. Antes de redactar mi primera novela no había escrito nunca nada. La narré de un tirón, me la publicaron y se movió con bastante éxito. Todo lo demás ha venido rodado.

¿Qué libros le marcaron más durante su infancia?
Fui un lector precoz. De niño alternaba grandes libros de la literatura española con otros de aventuras: Emilio Salgari, Julio Verne, Mark Twain…

¿Y leía novelas históricas?
He sido lector de novelas históricas auténticas, no de novelas pseudohistóricas.

¿Pseudohistóricas?
Este es un territorio espinoso… Lo que tenemos hoy en día es mucha novela pseudohistórica, de muy baja calidad, que se aprovecha del momento dulce de la novela histórica. Vas a la mesa de novedades y encuentras un montón de subproductos facilones medio esotéricos, medio históricos, que a mí me recuerda mucho al fenómeno de los ovnis y el ocultismo de los años 70. Todo esto tiene muy poco que ver con la literatura y con la verdadera ficción.

O sea, desconfía de los fenómenos literarios.
Es que no sé quién inventó esa tontería del ‘boom de la novela histórica’. Eso lo empezó a decir uno y luego se creó una leyenda urbana.

Explíqueme...
Pues que la edad dulce de la novela histórica tiene ya 25 siglos. Textos como los Brahma Sütra eran obras orientales escritas de una manera hermosa, que era lo que se leía por aquel entonces. Los fenómenos literarios de nuestra época, en cambio, son simplemente aquellos libros que llegan a tener mayor difusión que otros en los medios. Pero yo creo que el tiempo lo purifica todo. Él decidirá lo que se queda y lo que no.

¿Por qué cree que funciona tan bien este género?
Al hombre siempre le ha interesado el pasado. El pasado nos dice mucho de lo que somos. Nos enriquece y nos ayuda a evadirnos del presente, que es lo que siempre ha hecho la literatura.

¿Cree que un libro puede llegar a cambiarnos la vida?
Por supuesto. Aunque quizá no solamente uno… En general, pueden ayudarnos a vivir mejor y a entendernos a nosotros mismos.

¿Cuál le cambió la suya?
No sabría decidirme por uno en concreto; pero sí que me han cambiado la vida muchos libros.

¿Y los suyos tienen la misma aspiración?
Escribo con la intención de que la gente lo pase bien. Quiero contar cosas bien contadas. Muchas veces escribo lo que a mí gustaría leer, porque no lo encuentro. Creo que el hombre de nuestro tiempo vive insertado en una realidad que es demasiado inminente. El presente lo invade todo. Y creo que mi literatura puede aportar evasión a otros mundos y culturas. Y también algo de conocimiento, por supuesto.

Sus obras contienen mucha documentación histórica. ¿Deja algún hueco para poder filtrar sus vivencias?
Por supuesto. Soy un autor de ficción; un autor de ficción muy riguroso con la historia. Creo un marco histórico y luego dejo fluir mi imaginación para que mis personajes tengan vida. Y luego todo está ornamentado, aromatizado con un ambiente suntuoso que hace que el lector pueda meterse en todo ese mundo sin apenas darse cuenta.

¿Se proyecta en sus personajes? ¿Qué tiene de usted de Luis María Monroy, el protagonista de su novela?
Suelo utilizar personajes que no se parezcan en nada a mí. Yo creo prototipos literarios, no hago una fotografía de mi propia realidad.

‘El caballero de Alcántara’ está ambientada en el Mediterráneo del siglo XVI. ¿Por qué esa época?
El siglo XVI es muy rico, tiene muchas cosas que enseñarnos de nosotros mismos. Gran parte del Mediterráneo de esta época está gobernado por el mundo islámico. Y por otro lado, la mayoría de las comunidades de judíos de la cristiandad se han ido a la diáspora. El ambiente es muy propicio para sacar cosas interesantes.

Tras investigar a fondo ese siglo, ¿qué ha descubierto?
Muchas cosas. Por eso he sido muy feliz y me lo he pasado muy bien escribiendo. La importancia de la ciudad de Venecia en el Mediterráneo del siglo XVI, el funcionamiento de la diplomacia, los espías, los agentes dobles…

Su anterior novela dejaba entrever una búsqueda del sentido de la vida. ¿Ha concebido ‘El caballero de la Alcántara’ con algún fin espiritual?
En parte sí y en parte no. La finalidad de mi última novela es muy distinta a la de ‘El alma de la ciudad’, que tiene un sentido espiritual global. Pero todas mis novelas llevan implícito un viaje iniciático. Y en ‘El caballero de la Alcántara,’ el caballero Monroy se ve forzado a hacer este viaje no por gusto, sino porque el rey se lo manda; tiene que espiar a los judíos y realizar una misión secreta. Y para él eso supone descubrir que esos enemigos, esos pérfidos individuos que resultaban tan denostados en aquella época, son seres humanos que viven y padecen y se enamoran. Y para colmo, él se enamora de la hija de uno de ellos. Él descubre que el ser humano tiene las mismas inquietudes en todas partes.

¿Considera que tenemos demasiado descuidada nuestra faceta espiritual en la sociedad actual?
Sí, pero esto va a cambiar. Ahora, además de tener una crisis espiritual, tenemos una crisis económica... ¡Lo que nos faltaba! Pero yo creo que las crisis vienen bien para limpiar el ambiente. Tenemos saturación de ideas y cansancio mental, nada nos llama realmente la atención. Ahora, cuando no podamos consumir como antes, empezaremos a hacernos las preguntas clásicas: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos? y ¿adónde vamos?

Hasta que llegue ese momento, ¿qué propone?
Ser más auténticos y evitar los superficial. Hay que ir a la esencia y buscar la verdad de las cosas.