Mauritania lucha por su identidad

Gracias a la organización Món-3, las ciudades de Walata y Tichitt han podido conservar un rico patrimonio, en el que las mujeres tienen mucho protagonismo.

La decoración mural de las casas son ejemplos únicos en su género.

Están a dos días de viaje y paisajísticamente son muy diferentes, pero Walata y Tichitt tienen mucho en común. Desde el año 2001 en la primera, y desde 2006 en la segunda, la organización Món-3 ha llevado a cabo un proyecto de cooperación, con el fin de preservar su identidad cultural, arquitectónica e histórica y de promocionar un sistema de turismo sostenible.

La ong, que ha devuelto la vida a ambas localidades, ha centrado su estrategia en dos puntos de acción. Por un lado, ha sido fundamental el diálogo con los habitantes para que entendieran que el cometido del proyecto era lograr que fueran autosufi cientes, brindarles la autogestión y transferirles responsabilidades. Por otro, Món- 3 ha puesto todo su empeño en conseguir una buena gestión del perímetro agrícola –en el caso de Walata, llevado a cabo por la cooperativa Baraka, creada por la propia organización–, como garantía de un futuro esperanzador, tanto por los ingresos económicos que aporta como por el aumento del nivel nutricional, que benefi cia a la población. En todo este proceso han tenido un papel fundamental las mujeres, pues los hombres siempre han sido más importantes en otras cuestiones como el transporte caravanero, la explotación de las canteras o la arquitectura, elementos ya consolidados o con poca infl uencia en el desarrollo actual. En cambio, ellas han contribuido, y mucho, a la recuperación de ambas ciudades: en Walata son las encargadas de la agricultura, así como de la decoración arabesca que singulariza a la región; en Tichitt, llevan el peso de la recolección de sal y de dátiles además del diseño de pieles que tanto atrae a mauritanos y extranjeros.

Dos ciudades con alma: conócelas

Walata inició su esplendor a principios del siglo XIII, cuando la ruta de las caravanas que procedían del Sur la convirtió en uno de los principales puertos comerciales del desierto. Allí se compraba y vendía oro, sal, caballos, goma arábiga o esclavos, entre otras cosas. El lugar fue declarado Patrimonio Mundial en 1981, basándose en la arquitectura singular, en los interiores y en la decoración mural. Pero más allá de su valor arquitectónico e históri- co, su auténtica alma reside en los habitantes: la mezcla de diversas culturas ha dotado al conjunto de la sociedad de una gran riqueza.

Por su parte, Tichitt, a casi mil kilómetros de la capital, Nouackchott, mantiene su economía gracias a la sebkha o salina, de más de 500 hectáreas. La ciudad está rodeada de un mar de dunas blancas, entre las que resiste, agonizante, un palmeral. En él, las mujeres recogen cada verano los dátiles. Se dice de ellos que son los mejores de África y, quizá, del mundo. Al norte de la ciudad se eleva la mezquita y, alrededor de esta, se entrecruzan los callejones estrechos y frescos, donde se levantan las casas de más abolengo y antigüedad.

Solidarízate

Los trabajos realizados por Món-3 en la zona han dado como resultado la recuperación socioeconómica y cultural de ambas ciudades. La organización también anima a viajar de manera responsable al Sáhara, para respetar su patrimonio natural. Para saber más: www.walata.org. Món-3. Tel. 934 035 538.

Walata

Las casas walatíes son una joya. Suelen estar decoradas con puertas espectaculares llamadas al-kfayya, en cuyos flancos las mujeres dibujan y graban con adobe unos enormes rosetones. Estas manifestaciones artísticas son únicas en el mundo árabe, y su origen sigue siendo aún incierto.

Tichitt

El pulmón económico de Tichitt son el palmeral y las salinas. La sal que de allí se extrae llega muy lejos, hasta Malí, pues sirve para alimentar el ganado de la región del Sahel. En verano, las mujeres y los niños se instalan en el palmeral, para soportar el calor.

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