¿Comida guatemalteca y mediterránea?

Las fusiones gastronómicas están de moda y prueba de ello es este blog de aquí y de allá. Os dejamos con uno de sus post. ¡Qué aproveche!

Redacción

Get in my Belly! es un blog gastronómico que nació en enero de 2010 por la necesidad de compartir mis opiniones sobre los restaurantes, bares y cafeterías que visito. Nada peor que ir a un restaurante y que no te guste, así que mi misión se convirtió en comunicar a mis lectores mis lugares favoritos y todos aquellos que me defraudaron. Su nombre es en honor a un famoso personaje de una de las películas de Austin Powers cuyo único interés y propósito era el de comer. Porque: ¿hay algo mejor que la simple acción de comer? Comer nos hace compartir alrededor de una mesa, nos da gula, remordimiento, nos dice cosas acerca de las personas, las define y nos enseña culturas. Nuestra primera cita seguramente fue una cena, las quedadas nocturnas con amigos empiezan con comida, y muy probablemente terminen a altas horas de la madrugada con comida y la luz del refrigerador en nuestra cara mientras devoramos sobras después de una noche de fiesta. Comer nos da vida, fuerza, placer y buenos momentos, y eso para Get in my Belly! era digno de celebración. He allí su razón de ser.

Guatemala me vio nacer y me dio un hogar hasta que, recién salida del instituto, decidí mudarme a Madrid determinada a comerme el mundo. No me comí al mundo pero empecé a comer como nunca. España me descubrió una infinidad de platos que ahora me trastornan, como un buen y contundente cocido, una picante morcilla de León o unos boquerones en vinagre que me hacen agua la boca de tan sólo pensarlos. Sin mencionar el vermut y el jerez, que cada día me saben más a gloria.

Gracias a esos descubrimientos empezó la obsesión gastronómica que rige mi vida diaria. Me eduqué en el placer del comer, y lo que es mejor, recobré el interés en los sabores con los que crecí en Guatemala y que había dejado en el olvido. Ahora sólo quiero más. ¡Sabores, texturas, dadme cosas ricas! Quiero descubrir lo nuevo y lo mejor de lo viejo y quiero repetir todo aquello que me haya hecho alucinar de satisfacción comestible. Ahora más que nunca echo de menos unos tamales colorados -masa de maíz envuelta en hoja de plátano rellena de cerdo o res cubierta de una salsa de consistencia espesa que suele llevar miltomate y chiles, llamada recado- el día de Navidad. Lamento no estar el Día de Todos los Santos para saborear una ensalada de verduras con varias carnes y embutidos conocida como fiambre que mis abuelas suelen hacer con días de antelación. ¡Qué rivalidad se huele en el ambiente entre ambas por saber quién lo hizo mejor! Cada domingo babeo mentalmente por no poder degustar unos chicharrones y carnitas envueltos en una tortilla de maíz, chorreando limón y sal por los bordes y acompañadas de una buena cerveza Gallo. En verano me gustaría tener un puesto en la esquina de mi casa con frutas y verduras frescas, recién cortadas y adornadas con picante o pepitoria, listas para comer. La comida callejera es la mejor, la más barata y con la que más riesgo tienes de estropearte el estómago durante una semana seguida. Pero vale la pena de sobra, no lo dudéis.

Llevo diez años en Madrid y tengo la suerte de poder degustar la comida española y de aventurarme a cocinar y buscar los platos que me recuerdan a mi Guatemala. Son ellos los que me dicen quién soy y de dónde vengo. Tengo la suerte de conocer ambas cocinas y de disfrutarlas por igual. Ahora ambas forman parte de mí, que más que acogerlas, saborearlas y compartirlas.