Aitana, en primera persona

Marta Bonilla

Maribel Verdú y tú frente a frente. ¿Hay duelo?
En positivo, no en plan quién está mejor. Tenemos una armonía estupenda. Nos divertimos mucho.
Esta es tu primera comedia, propiamente dicha...
Sí, yo creía que solo tenía capacidad para el drama pero veo que también puedo hacer reír. En mi vida personal tengo un lado gamberro que conocen mis amigos... Ahora lo exploto para el público.
Hasta ahora, habías interpretado a mujeres serias, sufridoras, intensas... ¿Te han dejado huella?
Cada personaje es como un psicoanálisis, te revela partes de ti que no conoces. Lo digo siempre: nos ponen ante nuestro propio espejo. Ponerte en la piel de otro con el que no tienes nada que ver e intentar comprenderlo desde dentro ayuda a ir aprendiendo poco a poco qué nos pasa, quiénes somos, a ahondar en uno mismo.
¿Qué te ha enseñado Verónica, tu personaje en ‘Un Dios Salvaje’?
A reírme de mí misma. En ella se reflejan las contradicciones entre el discurso civilizado que todos tenemos y el alien que llevamos dentro.
¿Tienes sentido del humor?
Me río de mí misma pero si lo hacen los demás... no me hace ninguna gracia. Lo reconozco (risas).
¿Con qué pierdes los papeles?
Me indigna la falta de civismo. Salto con cosas como ver a un tío meando en la calle. Me pasó ayer y me puse a gritarle como una loca. Cuando alguien tira un papel al suelo, le llamo la atención. Soy un ciudadana militante... hasta repelente.
¿Qué representa ser una mujer de izquierdas hoy?
Defender principios básicos como la solidaridad, la diversidad... y en tiempos de crisis, no perder de vista que lo económico no debe primar sobre las desigualdades e injusticias que nos rodean.
Sin embargo, no has hecho del compromiso una bandera: no te hemos visto en campañas como la de la ceja de apoyo a Zapatero, con tantos de tus colegas.
Siempre he votado a Izquierda Unida, aunque me gusta mucho el presidente que tenemos. Es probable que le vote en las próximas elecciones. De todas formas, mi compromiso con la izquierda es más vital que de militancia. Intento ser y actuar de forma coherente con lo que pienso y con mi concepción del mundo.
Imagino que eso se refleja en la educación de tus hijos. ¿Cómo los educas?
Procuro no imponerles puntos de vista, sino plantearles dudas, que ellos mismos desarrollen su capacidad de pensar y tener sus propias opiniones. Son muy pequeños... Quiero que se sientan fuertes y arropados, que no sean vulnerables.
Este mundo no está hecho para los débiles.
Tampoco hay que pretender que sean fuertes a toda costa. Los dolores no se pueden evitar en la vida... Hay que darles una base sólida para que puedan afrontarlos.
¿Qué te aporta vivir al lado de un artista?
Seguramente, una sensibilidad diferente. Viajamos mucho, dependemos de mi trabajo, del suyo, sus exposiciones, el estado de ánimo... Todo esto enriquece mucho. No hay monotonía en nuestra vida, solo el orden que exige criar a los hijos.
¿Cambia la perspectiva de la pareja después de 11 años?
Por supuesto, vas conociéndote mucho mejor, tolerando más cosas... El amor también es una carrera de fondo. Para conservar una relación creo que es importante escuchar y hacer feliz al otro.
¿Te sigue retratando en sus obras?
No, ahora está haciendo esqueletos de animales... Me sentiría ofendida si me quisiera de modelo.
En casa, ¿quién lleva la organización?
La intendencia general la llevo yo, pero si estoy de viaje o de gira, él asume el papel. De todas formas, nunca pierdo el control del todo: me regaña en plan «olvídate, relátaje»... Me cuesta soltar.
Cuando te miras al espejo, ¿qué te devuelve ?
La imagen de una mujer de 41 años que, cuando ha dormido bien, está resplandeciente y, si no, tiene una cara horrorosa.
Toma partido: ¿Botox, sí o no?
Por supuesto, no.
¿Te cuidas de forma más natural?
Hago yoga desde hace diez años, he empezado a ir al gimnasio, procuro seguir una alimentación biológica, comer sano y me encanta la cosmética. ¡Sobre todo, los aceites!